Por Nicole Giser. Fotos: Alexis García Sánchez para POSTAL POSTAL.
Corría el año 1948 cuando el gobierno de Perón trajo a un grupo de grabadistas italianos a trabajar en la Casa de la Moneda Argentina. Uno de ellos era Mario Baiardi, de los mayores exponentes del mundo en la técnica a buril. A Baiardi se le encomendó modernizar los diseños de la moneda nacional: él fue el responsable de la primera que tuvo el perfil de un San Martín anciano vistiendo levita; así como de la de 50 centavos con la cara de Eva Perón, acuñada en 1997 como homenaje al 50° aniversario del voto femenino, muy codiciada por coleccionistas después. Con ese mismo trazo tan notable y minucioso, Baiardi hizo algunas esculturas monumentales, como el retrato a una espigadora de ojos grandes y penetrantes que Carlos Maslatón tiene en su casa.
El inversor, abogado argentino y polemista político inimitable en redes, le cuenta a POSTAL POSTAL que la encontró hace 25 años en un anticuario. De ahí, dio con la familia del italiano para negociar un número que terminó subiendo. Decidió igual pagarlo para lograr, finalmente, llevársela. Es viernes 5 de junio de 2026 y son las seis de la tarde. Hace algunas horas murió el Indio Solari y en la casa que Maslatón comparte con su esposa -la también abogada Mariquita Delvecchio-, su música suena de fondo. Podría decirse que la casa – que incluso recibió hace pocas semanas una visita de los miembros del club arteBA – se divide en dos: la componen dos departamentos en extremos distintos del edificio Kavanagh, en Retiro. Un curiosísimo conjunto de obras de arte atraviesa ambos pisos. Cada adquisición, cuenta Maslatón, es pensada junto a Mariquita. Él niega que se trate de una colección, pero algo conecta a todas las piezas y vuelve a la selección particular: juntas narran y enfundan los ambientes de pedazos de la historia argentina.

Es viernes 5 de junio de 2026 y son las seis de la tarde. Hace algunas horas murió el Indio Solari y en la casa que Maslatón comparte con su esposa -la también abogada Mariquita Delvecchio-, su música suena de fondo. Podría decirse que la casa se divide en dos: la componen dos departamentos en extremos distintos del edificio Kavanagh, en Retiro. Un curiosísimo conjunto de obras de arte atraviesa ambos pisos. Cada adquisición, cuenta Maslatón, es pensada junto a Mariquita. Él niega que se trate de una colección, pero algo conecta a todas las piezas y vuelve a la selección particular: juntas narran y enfundan los ambientes de pedazos de la historia argentina.
Hay varias obras del escultor rosarino comunista Enio Iommi, también de Miguel D’Arienzo, como Telón sobre la Plaza San Martín, el mural estrella del living en este piso alto que goza de una privilegiada e iluminada vista de la Buenos Aires nocturna. “Le pedí a Miguel que incluyera distintos acontecimientos históricos ocurridos en esa plaza: el Regimiento de Granaderos a Caballo, la Basílica del Santísimo Sacramento, el Kavanagh, el Pabellón Argentino en la Exposición Universal de París en 1889, que cuando terminó se desarmó y montó acá abajo como Museo de Bellas Artes; también la relación de Argentina con Inglaterra, porque desde acá se ve la Torre de los Ingleses”, explica.
“Vivir rodeado de arte nacional, y de la historia nacional, con la cual me siento profundamente identificado, es una decisión que me produce emoción”, sugiere. Para Maslatón, el art déco -una de sus grandes aficiones, la responsable de que él quisiera vivir en este rascacielos de 90 años que es el primero construído en Latinoamérica-, representa la fortaleza del capitalismo: “la mitad del siglo XX es un momento especial del arte argentino, que combina el monumentalismo tanto del peronismo como de gobiernos conservadores. Hay una correlación entre lo que me gusta de Estados Unidos y de Argentina, son épocas paralelas muy valiosas en cuanto al arte”.
El art déco arropa este departamento alto (para el que está pisos más abajo, con tonalidades más frías, eligió la Escuela Paulista de arquitectura). Ambos tienen estilo de casa-museo: “el arte a una casa le aporta subjetividad”, dice. “El art déco tuvo su apogeo en Nueva York entre los años 20 y 40, época interrumpida por la Gran Depresión, el crash de la bolsa. Lo que se hizo durante aquel período incluye diseño, arquitectura y arte plástico carísimo que hoy sería irreproducible. Era tal la fuerza del capitalismo que los principales edificios, como el Empire State, Rockefeller Center y Chrysler, se hicieron en ese tiempo, a menor costo pero los pudieron terminar igual. Me genera admiración lo que uno es capaz de hacer en medio de tantas dificultades”, sugiere.

“Me empecé a encontrar con estos edificios altos, racionalistas, de entre 1930 y 1940 que me despertaron total fascinación. Los radiadores que tengo acá en el living no venían con el edificio, se los mandé a hacer a un amigo porque los vi iguales en el hall del edificio Chrysler. Ahora cuando viajo al extranjero siempre voy a diferentes museos. El arte es masivo, bullish en el mundo, va para arriba, tiene mercado, tiene gente que crea espectacular y gente que lo consume aunque no compre. Los museos de arte son un éxito en todas partes. Hay menos plata acá que en otros países, los precios de las obras no van a ser iguales, pero lo puedo ver como ventaja”.
“No soy coleccionista porque no voy juntando cosas, tampoco compro para vender, soy consumidor de arte y compro desde un lugar intuitivo”. Maslatón viajó por primera vez a Nueva York cuando tenía 25 años al ganar una de las 15 becas que la Fundación Universitaria del Río de la Plata daba por año para investigar sobre política internacional tanto en dicha ciudad como en Boston y Washington.
“Me empecé a encontrar con estos edificios altos, racionalistas, de entre 1930 y 1940 que me despertaron total fascinación. Los radiadores que tengo acá en el living no venían con el edificio, se los mandé a hacer a un amigo porque los vi iguales en el hall del edificio Chrysler. Ahora cuando viajo al extranjero siempre voy a diferentes museos. El arte es masivo, bullish en el mundo, va para arriba, tiene mercado, tiene gente que crea espectacular y gente que lo consume aunque no compre. Los museos de arte son un éxito en todas partes. Hay menos plata acá que en otros países, los precios de las obras no van a ser iguales, pero lo puedo ver como ventaja”.
Flota en una pared una escultura de una mujer en piedra cuarcita que pesa 400 kilos. Como una diosa capaz de elevarse sin necesidad del sostén de un pedestal, es del 1940 y se titula La Poesía. La realizaron, en conjunto, nada menos que Alfredo Bigatti y, el comparado con Rodin, José Fioravanti. Dos importantes referentes del arte patriótico nacional del siglo XX -los dos participaron del Monumento Histórico a la Bandera, Fioravanti además hizo el famoso lobo marino de Mar del Plata-.

Hay varias obras del escultor rosarino comunista Enio Iommi, también de Miguel D’Arienzo, como Telón sobre la Plaza San Martín, el mural estrella del living en este piso alto que goza de una privilegiada e iluminada vista de la Buenos Aires nocturna. “Le pedí a Miguel que incluyera distintos acontecimientos históricos ocurridos en esa plaza: el Regimiento de Granaderos a Caballo, la Basílica del Santísimo Sacramento, el Kavanagh, el Pabellón Argentino en la Exposición Universal de París en 1889, que cuando terminó se desarmó y montó acá abajo como Museo de Bellas Artes; también la relación de Argentina con Inglaterra, porque desde acá se ve la Torre de los Ingleses”, explica.
En el cuarto matrimonial hay una rosa de plata, una de las clásicas del orfebre Juan Carlos Pallarols, que Maslatón le regaló a Delvecchio por su cumpleaños. En la pared del comedor, un escudo nacional con laureles que parece hecho hace 200 años. Pallarols se lo hizo a pedido, con soles amerindios intercambiables de cobrizos brillantes, a lo largo de todo un verano. Hasta celebraron la inauguración del escudo un 12 de marzo, hace algunos años, (a propósito por ser el día en que el Estado incorporó el himno, la escarapela y el escudo como símbolos nacionales en 1813) con presencia de Granaderos, Patricios e invitados que cantaron el himno, la marcha de las Malvinas y de San Lorenzo. “Durante muchos años quise tener un escudo y no es fácil conseguirlo”.
En la cocina hay obra de Milo Lockett, “hizo mucho, pero estas obras son de su primera época, son iniciáticas, no me importa lo que digan. Lo que me gusta, me gusta”. El estilo del departamento de abajo se inspira en la Escuela de arquitectura de San Pablo, “soy admirador de los grandes arquitectos del siglo XX, Niemeyer de Río y Pablo Mendes Da Rocha de San Pablo”. Hay un baño en suite todo de color “azúl bahía” hecho de mármol brasilero.

Hay piezas del diseñador catamarqueño Cristian Mohaded, y balcones amplísimos con vista a la basílica en contrafrente y a la plaza en el frente. Una obra exquisita del fotógrafo argentino Esteban Pastorino, hecha de películas de celuloide, con todas imágenes de Buenos Aires para detenerse a mirar de cerca. “El amor por el país es un sentimiento de familia”, le asegura Maslatón a POSTAL POSTAL.
Hay más de D’Arienzo, un regalo que el artista le hizo titulado Te amaré hasta el sol, y otras obras, como Orquesta de señoritas del 93, o Nocturno sobre tiroteo en Soldati, una pintura que escenifica un incidente policial. Piezas del diseñador catamarqueño Cristian Mohaded, y balcones amplísimos con vista a la basílica en contrafrente y a la plaza en el frente.
Una obra exquisita del fotógrafo argentino Esteban Pastorino, hecha de películas de celuloide, con todas imágenes de Buenos Aires para detenerse a mirar de cerca. “El amor por el país es un sentimiento de familia”, asegura Maslatón.








