Por Santiago Eneas. Fotos: Cata Pellegrini para POSTAL POSTAL.
Joaquín Sánchez Mariño, el único cronista argentino que estuvo en Irak, específicamente en la frontera con Irán, intentando entrar al país persa en los días más virulentos y terribles de la guerra antes de la tregua, pantano y negociación por el tránsito en el Estrecho de Ormuz, se está mudando. Su PH en Colegiales está lleno de cajas y el desorden típico a las horas previas a cambiar de casa. Cuando termina la entrevista con POSTAL POSTAL, este periodista que en el pasado fue un niño seguidor de las aventuras de Tin Tin -en la pared del estudio donde hace las grabaciones cuelga un afiche del héroe belga de historietas-, sale apurado en bicicleta. El día, precioso y celeste. Las calles de su barrio, parsimonia absoluta. Nadie creería, si se cruza a ese ciclista urbano en alguna esquina, que es alguien que acaba de estar en Medio Oriente narrando la guerra, como ya lo hizo en el frente de Kiev, en aquellas jornadas iniciales de escozor de la invasión rusa a Ucrania.
¿En qué países estuviste durante tu cobertura más reciente en Medio Oriente?
Volé a Turquía, vía Italia, y después estuve en Irak, más precisamente en la región autónoma del Kurdistán. El 28 de febrero estalla la guerra. Y el 1 de marzo saqué el pasaje.
¿Cómo fueron los intentos para ingresar a Irán desde la frontera?
Fuí a Turquía justamente para que sea mi puerta de entrada a Irán. Pero allí no logré conseguir la visa.
Qué llamativo que en medio de la guerra, y bajo un bombardeo masivo, sigan con todas las reglamentaciones.
¡Claro! Lo que pasa es que no fue una guerra que haya interrumpido el funcionamiento del Estado. A diferencia por ejemplo de la caída de Bashar Al Ásad en Siria, que se derrumbó la administración y la gente entraba sin pasaporte ni nada por la frontera. Era un Estado que se había desvanecido. En Irán, se especulaba con que podía caer el régimen, pero no fue así. Por eso mismo me mantuve en la frontera, porque pensaba: «si cae el régimen o hay un quiebre interno, tal vez pueda entrar». Irán es un país muy cerrado, por eso exige visado. Podría ser en mi caso la visa de periodista, porque hay países en donde mejor no ingresar con cierta ambigüedad, es mejor transparentar tu situación porque sino puede ser muy delicado.

Cuando llegás a Medio Oriente aprendés una lección muy inmediata: el vínculo con la vida y con la muerte es diferente. Con la guerra y con la paz. Con las causas principales de la vida. En Argentina, y en Occidente en general, la vida es el valor principal. Está por encima de todo lo demás. Pero allá sí hay cosas que están por encima de la vida. Está la religión por supuesto, pero también que la historia los preparó para no enfrentarse a la guerra como si fuera una tragedia absoluta, sino como una circunstancia más en la vida de un hombre o de una mujer.
¿Qué comprendiste estando allá que en Argentina no se puede entender?
Una lección que es muy inmediata: el vínculo con la vida y con la muerte. Con la guerra y con la paz. Con las causas principales de la vida. En Argentina, y en Occidente en general, la vida es el valor principal. Está por encima de todo lo demás. Pero en Medio Oriente sí hay cosas que están por encima de la vida. Está la religión por supuesto, pero también que la historia los preparó para no enfrentarse a la guerra como si fuera una tragedia absoluta, sino como una circunstancia más en la vida de un hombre o de una mujer. Acá en Occidente la guerra sería una excepcionalidad absoluta, ellos transcurren en su vida cotidiana pensando que la guerra es algo que puede suceder. Incluso en algunos países de la región lo que es excepcional es la paz.
El Islam es una religión que nace con la guerra, si pensamos que el mismo Mahoma fue un guerrero, con ejércitos, expansión, batallas y victorias. ¿Creés que esa posible característica de los musulmanes influye en cómo conciben la guerra? Con esa naturalidad y épica, en parte.
No, yo no creo que necesariamente haya un vínculo entre el Islam y la violencia y la guerra. El cristianismo también tuvo sus cruzadas e impuso, en otras épocas, su religión por la fuerza. El Islam es la más moderna, la más joven, de las grandes religiones. Y creo que por eso están atravesando instancias por las que otras religiones ya pasaron. Claro que esto no quita que sin duda, hay algunas derivas o interpretaciones más belicistas, como la famosa Jihad, la «guerra santa» que se desprende de otra visión del Islam. Pero no es que la regla es que los musulmanes piensan que hay que matar a los «infieles». Eso son solo los más extremistas. Y son un grupo minoritario.
¿Y en esos países qué pudiste captar de lo que piensa la gente común sobre la guerra de Irán?
Hablé a distancia con mucha gente que está dentro de Irán. También con iraquíes que viven muy de cerca el conflicto. Con iraníes y turcos en la frontera. Con libaneses. Con israelíes. Con mucha gente, entonces, involucrada. Y lo cierto es que cada cual piensa la guerra o estas circunstancias a su manera. No hay, al menos en mi relevamiento, una mirada unívoca de la situación. Ni que todos estén en contra o todos a favor. Además, yo busco a propósito gente con miradas diferentes que aporten distintos argumentos. También publiqué entrevistas a iraníes que, aunque me sorprenda, están a favor del régimen. Otros odian al régimen y el régimen los persigue. Otros, por cierto, detestan al régimen pero no quieren que bombardeen su país. Asimismo, charlé con iraquíes que se divierten como si esto fuera un capítulo de una serie. Otros estaban muy preocupados. A lo sumo entre estas infinitas maneras de analizar la guerra se puede componer un retrato de época.
¿El factor religioso te parece importante para analizar lo que está sucediendo?
En esta guerra en particular no lo creo. La discusión es más bien geopolítica. El problema que tienen Israel y Estados Unidos con Irán no pasa por que sea un país musulmán. Sino que tiene que ver con la pretensión iraní de ser un actor fundamental en la región, de tener cierta autonomía, influencia y capacidad de daño y capacidad de defensa. Por ahí lo religioso suma algunas capas de argumentos pero no es la cuestión de fondo.

¡Lo gracioso es que la gente habla con una convicción total! Hay cincuenta versiones disimiles sobre lo que puede ocurrir en el futuro, pero todos están convencidos. Algunos te dicen «Va a volver el Sha (rey persa)», otros te dicen que es imposible abatir al régimen de los Ayatolás porque la Guardia Revolucionaria tiene un millón de hombres y no van a dejar caerlo. Otros creen que va a vencer Estados Unidos. Las opiniones son fuertes pero no unívocas.
¿Qué es, Joaquín, lo que llamás «niebla de la guerra»?
En realidad es un concepto de Clausewitz (Carl Von Clausewitz), uno de los autores más importantes de la teoría de la guerra. Mi padre (Horacio Sánchez Mariño) que es un estudioso del tema lo define como un Freud de la guerra. En el sentido de que es un «pope» en los estudios aplicados a la guerra. Para Clausewitz la «niebla de la guerra» es el momento en que una guerra no se entiende bien. Que hay incertidumbre. Que no se comprende del todo que está pasando ni hacia donde va a dirigirse un conflicto. Y creo que ahora estamos un poco en eso. ¿No? Otra expresión es la de «se sabe cuando se hizo el primer tiro pero no se sabe cuando será el último». Una guerra empieza con un primer ataque, pero después puede haber derivaciones infinitas. La niebla es lo imprevisible. De repente se anuncian negociaciones o un anuncio de tregua y de golpe algo sale mal. Un bombardeo que falla. O que cae en una escuela, y ese tipo de hechos puede cambiarlo todo.
Cuando estalló la guerra de Ucrania, también estuviste allí los primeros días, de hecho muy cerca de las líneas de combate. A nivel sensaciones. ¿Lo viviste con muchas diferencias?
Sí. Porque en Ucrania estuve en el epicentro, donde había ataques. En cambio ahora no. Lo viví en un plano más general. Más lejos. Parece menor, pero no es lo mismo estar en una ciudad que está siendo bombardeada que estar a cien kilómetros. No pude captar la temperatura de los iraníes. Como lo viven en Teherán. Por otro lado el inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania fue mucho más brutal. Más ilimitada. Rusia buscó tomar Kiev. Fue una invasión.
¿Y qué opinás sobre este otro «estilo» de guerra en donde se busca asesinar a los líderes del enemigo desde el principio? ¿Es un nuevo paradigma? ¿Rusia fue más «clásica»?
La guerra de nuestros tiempos es la guerra híbrida. Con la informática metida. Hay muchos elementos por los que la guerra de Ucrania tampoco es tan clásica. De todos modos en los primeros días, se decía que Moscú también intentaba matar a Selenzky y descabezar al régimen. Ahí es cuando Selenzky dice «no me muevo de Ucrania». Podría haber sido un blanco. Coincido que después se convirtió en una guerra de trincheras, por territorio. Ahora con Irán es diferente. Puede que el propósito no esté tan claro, pero claramente no era, al inicio, invadir Irán. Buscaban, algo más tipo el cambio de régimen en Venezuela con la captura de Maduro. Y que quede un gobierno tutelado por Washington.
Estuviste en Irak, un país que estuvo en guerra contra Irán y que fue invadido por Estados Unidos hace algo más de veinte años. ¿Escuchaste en Irak algo que te haya resultado revelador para comprender qué puede suceder con Irán?
Así es, en los ochenta, Irak estuvo en guerra contra Irán. Fue una guerra larga y cruenta. Y dejó una enemistad por mucho tiempo. Yo estuve en la zona kurda, donde hay iraníes kurdos refugiados, la experiencia es diferente. No hay tanta enemistad con Estados Unidos ni vivieron igual la caída de Sadam Husein. Hay hasta cierta simpatía porque desde ese acontecimiento lograron mayor autonomía. En el sur de Irak, los sentimientos deben ser otros. En el Kurdistán, son muy críticos del régimen islámico.
¿Pero qué creen que puede suceder más allá de la niebla de la guerra?
¡Lo gracioso es que la gente habla con una convicción total! Hay cincuenta versiones disimiles sobre lo que puede ocurrir en el futuro, pero todos están convencidos. Algunos te dicen «Va a volver el Sha (rey persa)», otros te dicen que es imposible abatir al régimen de los Ayatolás porque la Guardia Revolucionaria tiene un millón de hombres y no van a dejar caerlo. Otros creen que va a vencer Estados Unidos. Las opiniones son fuertes pero no unívocas.

El miedo a mí me ha me enseñado mucho, me ha educado mucho, me ha preparado y me ha hecho crecer mucho. O sea, yo creo que todo lo que voy logrando en mi carrera, en mi vida, es gracias a prestarle mucha atención a mi miedo. Nunca fui para el lado opuesto del miedo, siempre fui para ese lado. Voy hacia donde percibo el grito del miedo. Me ha funcionado. A nivel vital y a nivel humano. Para tratar de ser una persona con menos miedo en la vida. Así crecí como ser humano y en mi carrera.
¿Qué prejuicios o ideas preconcebidas en Buenos Aires, a «trece mil kilómetros», se te derrumban cuando viajás a las zonas de conflicto?
Trato de cubrir estando limpio lo más posible de preconceptos. No quiero dar por sentado nada. Preguntar un poco como si fuera un niño. ¿No? Un niño que tiene que aprender el mundo desde cero. Desde afuera pensás «ah listo, si Estados Unidos bombardea, el régimen cae en dos días». Y estando en la región incorporás otras capas de sentido. El ejército de Estados Unidos es infinitamente más fuerte, pero ahora no pareciera posible un cambio de régimen sin una invasión terrestre. El ejemplo de Irak o Afganistán los persuade de no querer hacer eso. Volviendo, a mí me sale natural no tomar partido. Y a su vez soy dos cosas a la vez: confiado y desconfiado. Cuando hablo con alguien soy confiado, pero no me tomo nada al pie de la letra. Cuando hablo con un entrevistado, durante ese ratito, me aferro a sus verdades como si fueran propias, trato de entrar en su cabeza, de ver el mundo a través de sus ojos. En una entrevista quiero confiar, aunque me busquen engañar como a un principiante absoluto. Pero después de la entrevista, vuelve el desconfiado en mí y hago un chequeo rápido de mi ingenuidad. Y ahí aparece algo que es lo que después yo trato de convertir en un informe.
Y en lo personal, cómo procesás narrar un conflicto como este, entre Israel e Irán, con el apasionamiento y las posturas drásticas que produce en Argentina.
Trato de correrme de las pasiones y no caer en las pasiones de los pueblos. Estoy en contra del régimen iraní porque me parece represor, y no me voy a volver un defensor porque sé que Estados Unidos violó el derecho internacional. No quiero dejar de ver ciertas aristas ni volverme un militante de esa mirada del mundo. Peleo mucho contra caer en miradas militantes. Trato de informar sin convicciones ideológicas detrás.
Bien, y si te corro de la objetividad periodística, del oficio del cronista de guerra. ¿Cuál es tu análisis de lo que está pasando?
Lo que planteo no es por objetividad periodística, es por método. No hablo desde una pretensión de neutralidad sino que mi forma de ver el mundo es consecuencia de un método y ese método hace que realmente no tenga una mirada concluyente de las cosas. Hay mucho de la línea argumental de Estados Unidos que tiene algo de verdad. Pero si Dios viniera ahora con un cofre de la verdad, vería un rompecabezas de palabras, no las líneas argumentales que se escuchan tal cual.

El ejército de Estados Unidos es infinitamente más fuerte, pero ahora no pareciera posible un cambio de régimen sin una invasión terrestre. El ejemplo de Irak o Afganistán los persuade de no querer hacer eso. Volviendo, a mí me sale natural no tomar partido. Y a su vez soy dos cosas a la vez: confiado y desconfiado. Cuando hablo con alguien soy confiado, pero no me tomo nada al pie de la letra.
¿Cómo podrías describir una jornada en este tipo de coberturas? ¿Te manejás con choferes, con fuentes y contactos previos?
¡Son días muy vertiginosos! De estar veinte horas despierto. De cargar el celular tres veces por día. Y descargar el material que es mucho. No tengo chofer porque es muy caro. Tengo que ir consiguiendo alguien que me lleve de acá para allá. Lo complicado es que en los arranques de los conflictos todo es acontecimiento por dos o tres semanas. En este caso viajé solo. Tenés que chequear todo. ¿Voy a Irán? ¿Desde donde entro? Y mensajeo a un montón de contactos para obtener la visa. ¿Y si me conviene ir al Líbano? Con el conflicto ya instalado, podés hacer movimientos más lentos y premeditados. Después hay que sumarle el trabajo de producción y edición que puede ser más colectivo.
Y en el plano emocional: ¿cómo manejás el miedo?
El miedo a mí me ha enseñado mucho, me ha educado mucho, me ha preparado y me ha hecho crecer mucho. O sea, yo creo que todo lo que voy logrando en mi carrera, en mi vida, es gracias a prestarle mucha atención a mi miedo. Nunca fui para el lado opuesto del miedo, siempre fui para ese lado. Voy hacia donde percibo el grito del miedo. Me ha funcionado. A nivel vital y a nivel humano. Para tratar de ser una persona con menos miedo en la vida. Así crecí como ser humano y en mi carrera. En su momento pude haber tenido miedo a renunciar a un trabajo estable porque no estaba haciendo el perodismo que quería pero el miedo me dijo «es por acá». Y funcionó. El miedo es un grandísimo consejero.
Te estoy entrevistando en tu casa una mañana soleada, muy agradable, en Colegiales, un barrio en calma en Buenos Aires. Se escucha el tren a los lejos, los pájaros. ¿Cómo hacés con el contraste medio loco, esta ambivalencia total, de lo que es tu vida?
Lo del contraste es re particular. Ahora estoy puteando por los ruidos de una obra en el edificio de al lado. Y me atormentan más que el ruido de un bombardeo cercano. Obviamente el estruendo de un bombardeo es por algo mucho más peligroso, en donde puede terminar todo muy mal. Pero prefiero esos ruidos al de esta obra permanente por el ascenso vertical de Colegiales. Por último, me cuesta mucho charlar de mi oficio. Amo hacerlo. No contarlo. Hay gente que ama la repercusión de su trabajo. Yo odio decir cosas que después pueden convertirse en «hate». Lo que me apasiona es hacer mi trabajo.






