Vi la película People we meet on vacation. Es la típica comedia romántica de verano, un formato clásico, pero sobre todo efectivo. A esta altura ya sabemos cómo las comedias románticas han moldeado nuestra forma de concebir los vínculos amorosos y por eso me interesan tanto los productos como éste.
En fin, no es tanto ese subtexto al que me quiero referir sino a otro: el de la intensidad de los amores de verano. Si bien la película no trata de un amor fugaz de verano, sino de un par de amigos, Poppy y Alex, que se conocen hace diez años y que deciden cada verano compartir unas vacaciones, si me interesa esta trama es porque en cada vacación los protagonistas van construyendo un lazo emocional profundo en el cual el factor tiempo y el factor modo son las claves. Además, me trajo recuerdos de mis antiguos amores de verano así que acá va una reflexión sobre esto que llamé: tiempo + modo = intensidad.
El tiempo. No estoy segura de que nuestra relación con el tiempo alguna vez haya sido neutral. Como humanos, somos conscientes de la finitud de las cosas. Siendo así, la conciencia de la finitud de la vida, la mayor certeza de límite. Por esa misma razón, creo que cuando sabemos que algo tiene un límite de tiempo escaso, lo cargamos de apetencia y de deseo.
Según la filosofía de Spinoza todos somos modalidades de una única sustancia infinita (“Dios, o sea la naturaleza” escribe). Por ende, cuando nos afectamos los unos a los otros mediante el amor podemos aumentar nuestra potencia de existir como modo de esa sustancia infinita. En otras palabras, existimos de un mejor modo. Ojalá haya mucho más de eso en nuestras vidas.
Heidegger fue un filósofo que se interesó mucho por nuestra relación con el tiempo. Para él, el tiempo no son los minutos del reloj ni los días del calendario. El tiempo no es la cronología de los sucesos, es más bien el modo en el que existimos. Heidegger sostiene que la relación del ser con el tiempo se vuelve inauténtica cuando perdemos esa noción de finitud y vivimos como si siempre hubiera un mañana, e incluso, un pasado mañana. Sólo recuperando la conciencia de límite del tiempo, y por ende de nuestro propio ser que está íntimamente ligado a él, nos volvemos auténticos e intensificamos nuestra experiencia. Saber que algo se termina lo vuelve más valioso y por ende proyecta más pasión sobre ello.
Todo este rollo de Heidegger con el tiempo nos puede decir algo de la intensidad de los amores de verano que, aunque en sentido literal, su desenlace siempre es incierto, por lo menos la probabilidad de que duren un corto lapso es más evidente que en otras situaciones. Hoy ese tiempo se puede extender al infinito porque contamos con tantas formas de encontrarnos. O mejor aún, ese tiempo ya no es un factor determinante a la hora de relacionarnos con otro porque siempre está la posibilidad de extenderlo via comunicación virtual.
El segundo factor es, como dije más arriba, el del modo. Con la palabra modo me refiero a la forma en que habitamos ese lapso de tiempo llamado vacaciones. Nada hay más modal, en teoría, que las vacaciones que se supone, son el momento en el cual estamos presentes en el espacio de otro modo: más relajados, despreocupados y, si tenemos la suerte de irnos a algún nuevo destino, más abiertos a la experiencia. Pero sucede que nuestras vacaciones también han sido parcialmente devoradas por el espíritu de rendimiento contemporáneo. Es mucho más difícil desconectarnos porque hasta en nuestro descanso queremos generar contenido para las redes. Al mismo tiempo los factores económicos transformaron las vacaciones en lapsos mucho más breves o hasta incluso inexistentes.

Sin embargo, cuando empezamos a relacionarnos con todo como nos relacionamos con un helado de dulce de leche que, además de que es riquísimo, se derrite y tenemos que comerlo rápido para pasar a lo siguiente, ese misterio y esa intensidad también se esfumaron. Ya ningún amor parece tan especial. Hoy es fácil encontrar a todo el mundo en todas partes. Saber qué está haciendo y con quien está. Además, la oferta de amores es tan ilimitada como followers que consigas en tu Instagram.
Tengo el recuerdo de que en mi adolescencia y un poco más, los amores se vivían con mayor enigma que hoy. Objetivamente había que poner más corporalidad en juego en llamar a alguien por teléfono, pasarlo a buscar o convivir con la incertidumbre de si lo ibas a cruzar de nuevo en alguna parte. Los amores de verano se sentían intensos porque conjugaban el factor límite de tiempo y el modo de habitar el lugar.
Sin embargo, cuando empezamos a relacionarnos con todo como nos relacionamos con un helado de dulce de leche que, además de que es riquísimo, se derrite y tenemos que comerlo rápido para pasar a lo siguiente, ese misterio y esa intensidad también se esfumaron. Ya ningún amor parece tan especial. Hoy es fácil encontrar a todo el mundo en todas partes. Saber qué está haciendo y con quien está. Además, la oferta de amores es tan ilimitada como followers que consigas en tu Instagram.
Entonces en este punto del discurrir me pregunto siguen existiendo los amores de verano, tal como lo concebimos en el imaginario. Me inclino a pensar que no, que se ha modificado esa relación tiempo, modo e intensidad. Aquel misterio de no saber todo, aquella modalidad en que habitábamos el tiempo, hacía una gran diferencia en el cómo nos relacionábamos con alguien. Y como en este punto ya estoy a nada de cruzar la delgada línea del “todo pasado fue mejor” o el más elocuente “¡en mi época…!” voy a detenerme acá, porque francamente es una frontera que me prevengo siempre de no cruzar.
Solo voy a cerrar trayendo a colación a mi filosofo preferido: Baruch Spinoza y su reflexión sobre el amor. Según la filosofía de Spinoza todos somos modalidades de una única sustancia infinita (“Dios, o sea la naturaleza” escribe). Por ende, cuando nos afectamos los unos a los otros mediante el amor podemos aumentar nuestra potencia de existir como modo de esa sustancia infinita. En otras palabras, existimos de un mejor modo. Ojalá haya mucho más de eso en nuestras vidas, sea en el verano, el invierno o en cualquier estación del año.
Foto destacada: Unsplash PH Natalia Blauth – PH Kateryna Hliznitsova






