Simulacro en un templo de Bali y bazofIA en el feed: ¿cuándo en vez de usarla, Internet nos empezó a usar?

Dicen que el 2016 fue el “punto de no retorno” de la transición de las cosas a las no-cosas. De lo humano a lo digital. De tocar objetos físicos y tangibles, como leer un libro o usar una camarita digital, a la era del algoritmo y de scrollear datos. Por eso, se escucha hablar del 2016 como el “último gran año del Internet”.

Esta idea surgió como un murmullo colectivo en foros y artículos, hasta volverse una tendencia: “El 2026 es el nuevo 2016”. Incluso se disparó en los buscadores: según TikTok, las búsquedas de «2016» aumentaron un 452% en enero y Spotify informó que aumentaron un 71% las escuchas de listas de reproducción de ese año. Una fuerte nostalgia.

Igual algo de esto ya había escuchado cuando hace unos meses Sam Altman (CEO de OpenAI) validó la «teoría de la Internet muerta”, que surgió en foros como Reddit, y plantea que la web «viva» (humana, diría yo) murió entre 2016 y 2017 con el auge de la inteligencia artificial. Me sorprendió que Altman valide la idea y reconociera que una gran porción de la conversación digital ya está mediada por modelos de lenguaje (en criollo, máquinas).

Como viajera, noto como la web cambió la forma en la que nos movemos en el mundo. Lo que antes era perderse en una ciudad extraña e interactuar con lo desconocido, hoy se volvió una experiencia dictada por los algoritmos, que encima se quiere registrar con urgencia. Google Maps que te guía, la IA que te arma el cronograma y TikTok que te saca el derecho a la sorpresa con sus rankings de ‘lugares imperdibles’. Noté esto cuando el 5G me abandonó en unas islas remotas de Filipinas y la aventura recuperó su pulso.

Y, pensaba, entonces hay algo más profundo detrás de esta tendencia nostálgica. Antes, en el 2016 todavía “usábamos” Internet; y desde entonces, Internet empezó a «usarnos» a nosotros. O como volvió a advertir Byung Chul Han hace pocas semanas: «no somos nosotros los que utilizamos el smartphone, sino el smartphone es el que nos utiliza a nosotros.» Sin darnos cuenta empezamos a vivir dentro y a través de él.

Las pantallas nos tienen pegados. Y no, esto no es gratis, les pagamos con nuestros datos y nuestro tiempo. Nuestra atención es su divisa más preciada; y, a cambio, recibimos dopamina barata y una gratificación instantánea que nos drena las ganas de vivir. Viajando lo noté: hay más ganas de registrar con el celular que mirar con los ojos. Y es que nos acostumbramos a nuestro “yo digital”, a lo inmediato, nos volvimos intolerantes, buscando estímulos rápidos (likes, notificaciones) y fuimos perdiendo la capacidad de concentración.

Ahora estamos en cajas de resonancia junto a miles de voces y ruidos, sin cuerpo. Miles de datos, sin sustento. Nos cuesta distinguir las fake news (como periodista, esto es una batalla diaria) o las creaciones de la inteligencia artificial.

Encima, pensaba, ya el filtro del perrito de Snapchat nos vaticinaba lo que se avecinaba: esta sensación de irrealidad (con las realidades editadas) y de dismorfia digital. Parecía inocente, pero quizás ese fue le prefacio del grado de deshumanización que se vive hoy en día. Pensemos que ahora, en ciudades como Seúl o Tokio, la “dismorfia digital” es tal que hay quienes buscan junto a un cirujano la cara que el filtro les dio.

Financial Times advirtió que las redes sociales ya alcanzaron su auge y su consumo disminuye desde el 2022. Estas estarían entrando en su fase de estancamiento, con audiencias que interactúan menos. Y es que hay una saturación de información, de anunciantes, y de contenido infinito. ¿Se acuerdan que antes Instagram te avisaba cuando “habías visto todo»? Ahora es inagotable.

A esto se le suma la inundación del “AI slop”, que en inglés significa “desperdicio alimenticio”, que es un contenido sintético y de mala calidad (aka berreta) creado casi automáticamente por la IA. De ahí que se ven a perros bailando y gatitos manejando. Y así, esta «bazofIA» nos llena el feed y termina malnutriéndonos con calorías vacías, nos satura para retenernos (porque monetizan nuestra atención con sus anunciantes) y nos expulsa. A tal punto que Internet pasó de ser un lugar de encuentro y de información, a un «espacio de ruido» donde lo humano es desplazado a los márgenes.

Y a esto se le suma la inundación del “AI slop”, que en inglés significa “desperdicio alimenticio”, que es un contenido sintético y de mala calidad (aka berreta) creado casi automáticamente por la IA. De ahí que se ven a perros bailando y gatitos manejando. Y así, esta «bazofIA» nos llena el feed y termina malnutriéndonos con calorías vacías, nos satura para retenernos (porque monetizan nuestra atención con sus anunciantes) y nos expulsa. A tal punto que Internet pasó de ser un lugar de encuentro y de información, a un «espacio de ruido» donde lo humano es desplazado a los márgenes.

Esta misma lógica del “simulacro” la vi en Bali en el templo de Pura Lempuyang. Ahí miles hacen filas de hasta cinco horas abajo el sol para sacarse una foto en las ‘Puertas del Cielo’. El tema es que es engañoso: en la foto para Instagram parece haber un lago sagrado a los pies del templo, pero la posta es que no hay agua. Son los fotógrafos locales colocan un espejo para fabricar ese reflejo artificial. Es el ‘AI Slop’ llevado al turismo. Para la tranquilidad del lector, yo no lo hice.

Y así, poco a poco, las redes dejaron de ser “sociales”, reales y humanas. Las personas dejaron de postear su vida cotidiana y ya casi no interactúan online con sus amigos y familiares. Hay una sobreabundancia informativa que invita al scroll excesivo, no a la socialización. Se dejó de mirar a nuestros amigos para mirar a un algoritmo.

Entonces pasaron a ser redes «de intereses”. Este modelo que impuso TikTok no te muestra a tus conocidos, te retiene con estímulos adictivos de extraños. Y se genera una “cámara eco” para nutrirte solo con lo que te interesa (lo que fomenta sesgos de confirmación que refuerza tus creencias y te aleja de las contrarias).

Por eso la ola de nostalgia y de retrospección hacia un pasado idealizado. Pero…¿Por qué el 2016?

Quizás, no es el año en sí, si no lo que esto revela: un mal de época. Hay un malestar por este presente cargado de fatiga digital y de deshumanización. Creo que lo que se rememora es un Internet menos algorítmico y mediado por la IA. Se extraña un mundo online más auténtico y más humano. Por eso, el regreso a lo analógico de hace una década con las camaritas y a los iPods (de hecho se dispararon sus precios en el mercado de segunda mano). Aunque igual lo que esto busca no es recuperar la estética si no nuestra humanidad.

Y viajando me di cuenta que no todos cruzaron este portal. En Japón esperaba encontrarme la versión más extrema del futuro digital, pero el dinero físico reina y en una estación cuando pregunté el horario, el empleado no miró una pantalla si no que abrió un libro enorme, de tapa gastada, y me buscó la info. Casi ceremonial.

Y en Australia, hay como un compromiso social de presencia física. Vi más personas sumergidas en el agua que en pantallas. Habitan la realidad, se conectan con la naturaleza. Por eso, su reciente ley que restringe el acceso de los menores (de 16 años) a las redes sociales.

No todo está perdido. Hay quienes desean desconectarse del vértigo de estar atrapados en una red que ya no nos pertenece y acercarse a un eco de esa humanidad pasada, cuando todavía las cosas tenían su latido.

La buena noticia es que estamos a tiempo de crear un nuevo pacto social y volvernos incluso más humanos. Y espero que el 2026 sea el año en que decidamos, finalmente, levantar la vista de la pantalla y volver a encontrarnos.