¿Qué piensan de Bad Bunny en Oklahoma? El valiente perreo (que Trump necesitaba).

La estrella puertorriqueña les advirtió hace un tiempo a los norteamericanos en el programa Saturday Night Live: “tienen cuatro meses para aprender castellano” al referirse al show que iba a dar en el entretiempo del Super Bowl de la Liga Nacional de Fútbol Americano. Y así sucedió. Un espectáculo y una coreografía grandiosa, pegadiza, repleta de celebridades – desde Ricky Martin hasta Lady Gaga -, en donde excepto el “God Bless America” sobre el final, el resto fue en la lengua de Borges, Duki, los padres de Marco Rubio y cincuenta y siete millones de personas en Estados Unidos.

La reivindicación abierta, provocativa, orgullosa de la cultura caribeña, a puro perreo, fue una decisión que tuvo algo que no abunda en tiempos de redes y ataques desde el anonimato: coraje. Por más que el “conejo malo” no sea un activista de Minneapolis, ni un mexicano que no sale de su casa hace semanas por terror a ser deportado, sino un cantante con una fortuna neta calculada en sesenta millones de dólares, mansiones en Los Ángeles y el puesto número uno en reproducciones de Spotify a nivel global, podría haberse comportado con mayor discreción, elegir una puesta en escena mas neutral y no hacer lo que hizo: enfrentarse al hombre más poderoso del mundo, en la boca del lobo, un evento paradigmático donde muchas de las tribunas estaban repletas de votantes del republicano. De hecho, circulan videos del silencio, la rigidez y algún enojo de esos fanáticos del deporte más endogámico que inventaron los norteamericanos.

Sin embargo, aunque el espectáculo emocionó a muchísima gente, fue un manifiesto icónico de arte político y fue récord en audiencia y repercusión, también pudo haber sido exactamente lo que Donald Trump necesitaba, proteínas para su discurso identitario en unas semanas en la que los demócratas le vienen arrebatando en elecciones, un Estado tras otro.

Y es que el recital de Bad Bunny fue la encarnación en el mundo real, en vivo y en directo, de la pesadilla que teme la base del movimiento que llevó al magnate a la presidencia: que Estados Unidos, como lo conciben ellos, pierda su «identidad original». Que los anglosajones, los euro americanos (los “blancos” en su clasificación étnica) se conviertan en una minoría. Que sus costumbres se vean acorraladas.

Y es que el recital de Bad Bunny fue la encarnación en el mundo real, en vivo y en directo, de la pesadilla que teme la base del movimiento que llevó al magnate a la presidencia: que Estados Unidos, como lo conciben ellos, pierda su «identidad original». Que los anglosajones, los euro americanos (los “blancos” en su antipática clasificación étnica) se conviertan en una minoría. Que sus costumbres se vean acorraladas.

Trump, con instinto, tildó en segundos a la presentación de “La peor de la historia”, además de “una afrenta a la grandeza de Estados Unidos”, “un baile repugnante, en especial para los niños pequeños” y, atención a esto: “nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo”.

El corazón, en gran parte la razón de ser, del fenómeno Donad Trump es, como dijimos, identitario. No es el debate entre derecha e izquierda, entre mayor o menor Estado (como en Argentina) o de la economía. Excede esas dicotomías. Es más profundo y es uno que los seres humanos casi nunca resolvemos bien.

Tiene que ver con las ideas que Samuel Huntington, el brillante autor del Choque de Civilizaciones, expresó en su último libro: el controvertido y profético ensayo: «¿Quiénes somos? Argumentos que se podrían resumir en uno: la amenaza existencial a la cultura fundadora de Estados Unidos, anglosajona, colona – que no es similar a inmigrante -, y de valores protestantes, que representa la inmigración proveniente de América Latina. El politólogo toma partido: “ese Estados Unidos – el protestante que habla en inglés -, es el que amo y el que hizo grande a esta nación”.

Para el núcleo duro de los seguidores de Trump, el riesgo es demográfico e idiosincrático. Para Huntington – que también se hubiera sentido ofendido por lo de Bad Bunny -, el avance del idioma castellano es uno de los peligros existenciales para su país.

En esa narrativa, las víctimas en las últimas décadas en Estados Unidos son los “blancos” pobres, frustrados o desocupados y olvidados por los discursos oficiales. Es, en concreto, lo que cuenta el vicepresidente James David Vance en el libro que lo hizo famoso y que se puede ver como serie en Netflix “Hillbilly, una elegía rural”. Su propia biografía enmarcada en una zona de crisis y marginada: los Apalaches, donde se teme más a quedarse sin ayuda social o a tener que vivir en un estacionamiento de casas rodantes, que a las brigadas de ICE.

Cuando Bad Bunny exclama, con valor, que Dios Bendiga a toda América, refiriéndose a los países del resto del continente, desde Argentina hasta República Dominicana, puede que Trump sonría: es, con precisión, la batalla que vino a dar y la que le trae gran parte de sus votos.

El show de Bad Bunny también tuvo la sensualidad propia del reguetón y el protagonismo de figuras que son repulsivas para los que apoyan al empresario inmobiliario como Lady Gaga: toda una galería de planos, gestos y símbolos de lo “Woke”.

Eso es de lo que Trump se alimenta. ¿Qué piensan de Bad Bunny y su perreo en los Apalaches? ¿O en Oklahoma? Una pregunta incómoda que, para comprender mejor los acontecimientos, también hay que hacerse.

Fotos: gentileza redes sociales de Apple Music.

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