Podrá ser una impostura del profundo orgullo nacional de los franceses – ¿orgullo “mal placé (excesivo)? – o también puede que sea la certeza que tienen muchos de que Francia posee el capital social y la resiliencia para hacerle frente a lo que venga, pero en las calles de París POSTAL POSTAL no percibe inquietud por los desplantes de Trump y su gobierno contra el proyecto de la Unión Europea y un alejamiento y desprecio inéditos de Washington en ochenta años.
“Todas queríamos una foto con ellos: eran nuestros héroes. ¡Tenían armas y enormes sonreían mucho! Tomaban café y fumaban Lucky Strikes. Dejaban propinas muy generosas”, comenta en una radio Sylvaine, 96 años, mientras recuerda aquellos tiempos en los que, de joven adolescente, ayudaba a su madre en el bistró del Hotel de Ville de Paris. Francia venia de ser liberada de la ocupación Nazi por las fuerzas aliadas, encabezada por las tropas norteamericanas que, en aquel caluroso verano de 1944, disfrutaban de la idolatría de las jóvenes parisinas.
Esa memoria es lo único que mantiene vivo ese recuerdo nostálgico de una relación que, con los años, perdió el amor. Solamente en el último mes de diciembre Estados Unidos le retiró el acceso a diplomáticos franceses (incluyendo al excomisario europeo para el mercado interior, Thierry Breton).
Los “Maga boys” dejaron clara su visión geoestratégica en un documento publicado el 5 de diciembre en el que denuncian a la UE por decisiones que “socavan la libertad política y la soberanía; las políticas migratorias, que transforman el continente y generan tensiones; la censura de la libertad de expresión y la represión de la oposición política; la caída de las tasas de natalidad, así como la pérdida de las identidades nacionales (…)”, al tiempo que desea que “Europa siga siendo europea, recupere su confianza civilizacional y abandone su estéril obsesión por la asfixia regulatoria”. Ambigüedad cero.
Al mismo tiempo, hay que decir que el desprecio de la administración Trump por las instituciones multilaterales parece estar en oposición con su pragmatismo mercantilista que le exige preservar el vínculo transatlántico: recordemos que el volumen total anual de comercio entre la UE y USA es de 1,36 billones USD.
¿Es posible pensar una ruptura con tal grado de interdependencia? ¿de qué se trata este conflicto que está queriendo instalar la administración Trump? Describir a la UE como un sistema en decadencia no es una descripción objetiva de la realidad sino un intento de debilitamiento político del proyecto federal europeo.
Para USA es mejor un grupo de potencias medianas y desarticuladas con influencia limitada que una UE como polo económico y político mundial. Entonces arma un relato político en el que Europa es un reflejo de la obsesión estadounidense por el declive y postula que la UE necesita ser salvada de la desaparición y de la invasión; una forma de sobrevivencia supremacista que no cree en la resiliencia colectiva, sino en la preservación racial, nacional o cultural de un grupo considerado “superior”.
En este contexto, China y Rusia se regocijan de la paranoia ideológica de Trump – ya descripta por Robert Hofstadter en “El estilo paranoico en la política americana” (1965) – , probablemente expectantes frente al fin de la hegemonía estadounidense. Desde hace tiempo sueñan con la desaparición del modelo occidental basado en los valores liberales: democracia, libre competencia y derechos individuales.

Para USA es mejor un grupo de potencias medianas y desarticuladas con influencia limitada que una UE como polo económico y político mundial. Entonces arma un relato político en el que Europa es un reflejo de la obsesión estadounidense por el declive y postula que la UE necesita ser salvada de la desaparición y de la invasión; una forma de sobrevivencia supremacista que no cree en la resiliencia colectiva, sino en la preservación racial, nacional o cultural de un grupo considerado “superior”. En este contexto, China y Rusia se regocijan de la paranoia ideológica de Trump.
Entretanto, el escenario es complejo: la UE (pero también USA) enfrenta una triple restricción ecológica, demográfica y geopolítica, que obliga a repensar en profundidad el pacto social y político heredado de la posguerra. La innovación tecnológica, y especialmente la inteligencia artificial, aparece como un motor de cambio transversal y auguran crecimiento, eficiencia y nuevos sectores productivos, pero también amenazan millones de empleos. La vuelta de la geopolítica de la depredación ya no deja dudas y el rol del Estado benefactor europeo parece no poder evitar la genuflexión frente a las potencias militares y económicas.
Sin embargo, no hay que olvidar que en un continente devastado por dos guerras mundiales en 40 años, la UE logró construir un espacio de cooperación e integración basado en la negociación y la cesión compartida de soberanía. Este experimento – imperfecto, conflictivo, siempre inacabado -, sigue siendo el ejemplo más ambicioso de integración no violenta entre Estados. Por eso Trump ataca: porque la UE encarna un modelo capaz de limitar su influencia, una alternativa política al mundo de potencias solitarias. La ataca porque es fuerte, no porque sea débil.
Incluso despojada de su imagen de primera de la clase, Europa conserva una experiencia histórica valiosa en un mundo que parece reordenarse alrededor de lógicas neo-imperiales y repartos de zonas de influencia. En este sentido, el modelo europeo encarna una hipótesis distinta sobre el destino geopolítico de la humanidad: la idea de que la cooperación puede prevalecer sobre la competencia. No se trata de idealizar a Europa ni de convertir su historia reciente en un relato edificante. Se trata de reconocer que su singularidad constituye, hoy, su principal recurso estratégico.
Frente al patriotismo emocional propuesto del otro lado del Atlántico, la UE propone un patriotismo cívico de unión en la divergencia, a través de la convergencia de intereses. En un orden multipolar marcado por el brutalismo de las relaciones internacionales, Europa no puede competir como superpotencia, pero sí puede aspirar a otro rol: el de transformarse en mediador estructural, productor de perímetros de acción y estabilizador de conflictos. Sin embargo, el pesimismo dominante en Europa la pone frente al impasse de continuar a negociar en un mundo cada vez más fragmentado sin renunciar a lo que la define o de replegarse sobre sí misma y disolverse en la lógica que la destruyó en el siglo XX, y que se prometió combatir.
Por ahora, mientras USA presiona para que sus aliados de derecha en la UE tomen el poder y ejercer presión en el espacio económico más interconectado del mundo, la UE se adapta dócilmente a las exigencias imprevisibles de Trump, cayendo en una forma de servilismo.
La cuestión sigue abierta, y nos interpela a todos de alguna manera: en un mundo que parece reconfigurarse en torno al autoritarismo y la fragmentación, ¿queda espacio para un proyecto político que – pese a sus contradicciones – sigue apostando por el dialogo como principio organizador de las diferencias entre humanos?
Unida, Europa negocia. Dividida, Europa será negociada.
Foto principal: ph Oliver Cole – Unsplash +






