Por María Comand. Fotos: Fran Pettinari para POSTAL POSTAL.
Entrar al taller de Martín Churba es entrar a un sistema de pensamiento. En esta particular casa de paredes coloradas en el bajo de Acassuso, cerca de los sauces, palmeras y juncos que son la orilla del Río de la Plata, cada objeto, cada plano, cada materialidad parece estar puesto como espejo de las partes de su mundo interno.
Es un taller como una casa mental: “traté de poner en escena en cada espacio algo que represente cómo son mis lugares internos creativos, que muchas veces yo percibo a través de materialidades”, cuenta en exclusiva para POSTAL POSTAL quien fundó Tramando, logró que su nombre y su apellido fueran sinónimo de lo mejor de la moda argentina y ahora se dedica al arte (¿cuándo no fue artista?).
Este espacio – dice -, es relativamente nuevo y por eso mismo es crucial: “luego de 27 años de estar trabajando en proyectos ligados a equipos grandes, con mucha gente, llegar a esta instancia en la cual este lugar lo habito yo solo fue un gran desafío. No es un taller como un lugar de producción, acá yo no tengo tiempo que cumplir”. El lugar pertenece a Gabriel del Campo, referente del mercado de las antiguedades y dueño del célebre bar y anticuario de San Telmo, Nápoles.
En el primer piso hay una obra central. Churba la señala y describe: “esto es transformar el tacho de basura en una escultura”. Churba mira donde no miramos: “son todas las bandejitas que desechamos cuando vamos a comprar alimentos. Está la responsabilidad que asumimos los seres humanos sobre los descartes que producimos y cómo, en realidad, los anulamos, hacemos de cuenta que no existen”. “Para mí es encontrar ahí oportunidades, donde nadie mira”. Esto es, queridos lectores de Postal Postal, la potencia de una mente que sabe que el límite puede ser un motor.

Hoy conecta con la simpleza de la felicidad, se aleja del discurso aspiracional. “Soy feliz de que siga así, como es la vida. Sin tanta pretensión. No es que el año que viene quiero estar en Mónaco. Quiero que el año que viene me toque acá. Que me siga tocando acá”. Ya no quiere seguir corriendo en búsqueda, sino que espera propiciar el encuentro. Y para eso, sostiene que hay que prepararse, encontrar la sintonía. Hoy su ritual es simple: “intento la meditación. Tratar de silenciar el pensamiento y visualizar. Visualizarme atento, despierto. Conectado, receptivo”. Su mantra personal: “Parar y crear.”
En este nivel del taller se adora el descarte, en todas sus materialidades. Como el cartón de un maple de huevos. El maple es símbolo – lo mínimo, lo cotidiano, lo que se tira, lo que se pisa – y, en sus manos, se convierte en un tesoro: “presenta dibujos sorprendentes, con esa capacidad incluso de resistir, de poder transportar algo muy frágil y protegerlo. Encontrar eso en un material tan amado por mí pero tan descartado por la sociedad.” Es acá, mirando un cartón reciclado, que ahora luce plateado luego de haber pasado por el taller de Churba, donde aparece su definición de riqueza: “lo importante es encontrarte feliz haciendo. Y que ese hacer tuyo no tenga que ver con ir a destruir la puerta del vecino. A mí me hace feliz un maple de huevos, lleno o vacío. Ese es mi tesoro en esta parte del taller.”
Subimos. En el siguiente nivel el textil es protagonista. Vemos texturas hechas con chaguar, producto del trabajo junto a las tejedoras Fidela y Anabela, de Salta. Martín habla desde el respeto al oficio: “siento mucha admiración por la cultura wichí y un hilo bellísimo, vegetal, que es hilado incluso sobre el muslo de las tejedoras, en su propio cuerpo”. Los textiles son intervenidos con pintura: lo que hacen juntos produce supertexturas. La palabra que atraviesa a Martín en este universo es convivencia. “Este trabajo me interesa, por la unión de mundos, que creo que es el gran tema que tenemos hoy en la humanidad: la convivencia”. Y también porque lo siente un aporte en un país donde, entre otras cosas, “está rota la cadena de cooperación, es muy difícil cooperar unos con otros porque cada uno está tratando de sostener su propio plan.”
Un piso más arriba aparece el archivo. Ochocientas prendas. La emoción previa a atravesar el archivo – donde laten algunas de las piezas más importantes de la historia de la moda argentina – es inevitable. “Para mí este lugar es sagrado”. La historia está ahí, ordenada en percheros con la simpleza de quien no necesita inflar su historia: “Trosman Churba nació en el año 97 y Tramando duró 22 años”. Ver a Martín observar su carrera concentrada en un tercer piso de un taller es «de postal».

Yo creo que hoy cambió mucho todo y que no soy más experto para darte un consejo para tener resultados en la industria. Hoy miro que las marcas buscan parecerse, no diferenciarse. Entonces, tal vez te puedo dar algunas pautas para que seas más feliz en tu búsqueda: el trabajo es hacia adentro, es con tu mensaje.
“La moda fue mi gran amor. No sé si decir que estoy divorciado porque tiene una connotación bastante negativa, pero creo que fue mi gran amor durante muchos años. Si bien hoy quiero dedicarme a otros escenarios, a otros ritmos, será mi amor por siempre”.
Churba dice algo que desarma la idea clásica del diseñador enamorado de su propia prenda: “yo nunca usé mi ropa. Es una locura, ¿no?”. Y explica desde el placer de lo creado: “quedaba tan saciado en el momento de la creación del textil, tan colmado de placer, que cuando logro que ese placer se transmita a otra persona ya quedo totalmente satisfecho.”
Ahí está el quiebre conceptual más grande: “dejo de producir nueva ropa, porque comienzo a pensar el textil ya no con un fin – que es vestir a alguien -, sino para que exista por el solo hecho de existir. Porque vale la pena que exista”.
Y lo que se libera con este nuevo destino es tiempo. “Me da la libertad de no estar cargado de agenda, de calendarios difíciles de cumplir.” Sobre los eventos y la intensidad de la agenda de la industria su decisión le sienta bien: “FOMO es la necesidad de querer estar ahí. A mí me pasa lo contrario. La industria te exprime con urgencias, cuando te llaman para hacer algo para la semana que viene no te das ni tiempo para el desarrollo de las ideas”. Y suelta una frase que resume toda una ética: “si no te das tiempo es como no tener plata”. En esa lógica, “me da placer poder decir que no, conecto con una contemplación del mundo más pausada y más reflexiva”.
Hoy se identifica como un creador. Así se siente. “El término yo lo tomé de Francia, allá a los creadores de moda, les dicen creadores”. Le importa porque esquiva una trampa: “esa coyuntura que se genera entre diseñador y artista no importa tanto”. Se ubica en un “cruce permanente”. Entonces lo dice con firmeza: “yo me siento un creador textil”.
Cerrar Tramando fue, en sus palabras, “fue como las novelas de Shakespeare. Pasaron casi siete años desde el momento en que internamente sentí que había llegado el tiempo, hasta que lo pude concretar.” Para él, armar y desarmar tuvieron mucho en común. “Así como cuando tejés, vas haciendo el nudo… cuando destejés, tenés que hacer el mismo trabajo pero al revés”.
Repasa sus años de carrera sin arrepentimiento. Recuerda el 2000 como una Argentina posible: “tenía la sensación de que podíamos contar nuestra propia historia.” Japón, viajes, una “marca país” defendida por un grupo de creadores. No quiere borrar esa imagen de joven lleno de convicciones. Hoy entiende que “no hubo una industria textil pujante, no hubo políticas públicas que apoyen a los creadores”. Y agrega: “Creo que es muy importante la experiencia argentina para el mundo hoy”. Se siente gozoso de ser argentino. Vive esa experiencia con felicidad y conciencia, incluso cuando las contradicciones la desdibujan: “es muy disfrutable vivir acá, y el argentino sabe gozar”.

Antes de irnos, le pedimos una postal. Martín la describió. Nos contó que mandaría una postal hecha con un maple de huevo. “Un maple de huevo en forma de postal, es como tener mi firma en la textura”. Y en el reverso podría leerse una síntesis perfecta de su taller, de su recorrido y de su presente: “esta postal tiene arte, tiene reciclaje y tiene huevos”.
Hoy asume que las reglas del mercado no fueron las reglas con las que él creó su negocio. “Si la moda tiene un mantra, no es creatividad”. El choque fue comprender que mientras su compañía era «designer driven», “el mercado practica el mantra de la productividad”. Y lo admite sin victimizarse: “yo no era una marca comercial, aunque estaba en el mercado”.
Se siente lejos de ser hoy un buen consejero: “yo creo que hoy cambió mucho todo y que no soy más experto para darte un consejo para tener resultados en la industria. Hoy miro que las marcas buscan parecerse, no diferenciarse. Entonces, tal vez te puedo dar algunas pautas para que seas más feliz en tu búsqueda: el trabajo es hacia adentro, es con tu mensaje”.
Churba debe ser de los últimos que llegó a ser alcanzado por el algoritmo. Durante años ni siquiera usó redes. Hasta la pandemia. “Me di cuenta que tenía 10.000 seguidores ya.” Y un día empezó a transmitir en vivo. Se volvió “un poco un streamer”, por una razón simple y profunda: “el agradecimiento de poder estar con la gente en ese momento”. Su reflexión para el mundo que hoy se mueve al ritmo del scroll: “les deseo mesura, paciencia, la capacidad de tomarse el tiempo y profundizar.”
Cuando habla de inteligencia artificial vuelve al tema que atraviesa todo su taller: el límite. “Aquellas situaciones en donde tenés todo en cantidad, crear algo es difícil. Acotarlo a un registro limitado es mucho más contenedor”. Churba advierte: “hay que usarla con el cuidado de no entrar en ese shopping infinito del todo lo quiero y todo lo puedo. Eso genera ansiedad, y la ansiedad es mala compañía”.
Hoy conecta con la simpleza de la felicidad, se aleja del discurso aspiracional. “Soy feliz de que siga así, como es la vida. Sin tanta pretensión. No es que el año que viene quiero estar en Mónaco. Quiero que el año que viene me toque acá. Que me siga tocando acá”. Ya no quiere seguir corriendo en búsqueda, sino que espera propiciar el encuentro. Y para eso, sostiene que hay que prepararse, encontrar la sintonía. Hoy su ritual es simple: “intento la meditación. Tratar de silenciar el pensamiento y visualizar. Visualizarme atento, despierto. Conectado, receptivo”. Su mantra personal: “Parar y crear.”
El apellido Churba fue durante décadas sinónimo de tapicería, interiores y objetos en una Buenos Aires que empezaba a entender el diseño. Su creatividad es legado y trama familiar. Creció entre telas. Vio a sus ancestros crear nuevas reglas estéticas. Heredó una actitud frente a la materia.
Antes de irnos, le pedimos una postal. Martín la describió. Nos contó que mandaría una postal hecha con un maple de huevo. “Un maple de huevo en forma de postal, es como tener mi firma en la textura”. Y en el reverso podría leerse una síntesis perfecta de su taller, de su recorrido y de su presente: “esta postal tiene arte, tiene reciclaje y tiene huevos”.










