Por María Comand. Fotos y producción: Clarita Carmona para POSTAL POSTAL.
Anastasia Mónaco, fundadora junto a su hermana Almendra, de la marca que lleva su nombre, cuida su inspiración. La cultiva en la casa de San Isidro, en una calle tranquila, a la que se mudó hace tan solo tres meses, en los gestos cotidianos, en los rituales que le bajan el ritmo al día y le mantienen los sentidos despiertos. Cocinar sin apuro, elegir una receta, abrir una botella de vino y desconectar el teléfono. Leer en criollo, literatura argentina contemporánea, y escribir la fecha, el lugar y el momento de cada libro, desde Monte Hermoso hasta París, como si fuera una cápsula de tiempo. O anotar: «este libro lo tengo que leer dentro de diez años». Escuchar música a solas, bailar, dejar que la banda sonora de una película acompañe su semana entera. Regar sus plantas, un nuevo placer para una chica que viene de vivir varios años en un departamento de Buenos Aires, observar el crecimiento lento y ver en ese cuidado diario el mismo proceso que tuvo su marca. Viajar sola para resetearse. Releerse. Volver a encontrarse. Desde ahí, desde ese universo íntimo, construye una marca que no grita tendencias, sino que propone permanencia.

Anastasia Mónaco, fundadora junto a su hermana Almendra, de la marca que lleva su nombre, cuida su inspiración. La cultiva en la casa de San Isidro, en una calle tranquila, a la que se mudó hace tan solo tres meses, en los gestos cotidianos, en los rituales que le bajan el ritmo al día y le mantienen los sentidos despiertos. Cocinar sin apuro, elegir una receta, abrir una botella de vino y desconectar el teléfono. Leer en criollo, literatura argentina contemporánea, y escribir la fecha, el lugar y el momento de cada libro, desde Monte Hermoso hasta París, como si fuera una cápsula de tiempo.
Esa forma de mirar también estructura su negocio. Después de más de once años de recorrido, Anastasia está en un punto de madurez real: expandirse con cuidado, leer al consumo argentino sin romantizarlo, entender que hoy comprar ya no es un acto impulsivo sino una conversación interna. “¿Me sirve? ¿Lo necesito? ¿Realmente lo quiero?”. Esa pregunta atraviesa el mindset de la marca y sus clientas.
La moda, para ella, dejó de ser acumulación. Hoy es uso, repetición y memoria. “Una prenda es barata si la usaste en mil situaciones y es carísima si la usaste dos veces”, razona junto a POSTAL POSTAL. El universo Anastasia Mónaco se sostiene sobre esa lógica: prendas que combinan entre sí, colores que no envejecen, decisiones que no responden al ruido de París o Nueva York si no pueden traducirse al cuerpo y al contexto local. Hay tendencias que se miran, se entienden, pero no se adoptan.
Esa identidad también se vive en la experiencia. En locales donde las vendedoras atienden en pijama y donde el tiempo del otro se respeta. Comprar no es pasar, es quedarse, ser escuchada y mirada. Anastasia insiste en algo simple y casi revolucionario: la moda también es vínculo.

A mi edad ya la opinión externa me resbala más pero cuando tenía 24 o 25 no era así, recibía comentarios, sobre todo de hombres, cuestionando mi seriedad por cómo abordaba la sexualidad femenina, durante mucho tiempo no mostraba mi cara en redes por miedo a quedar condicionada – le cuenta con franqueza a POSTAL POSTAL -, hoy mi relación con el deseo es central, el deseo es motor de vida, de creatividad, de inspiración, no creo que alguien pueda ser creativo estando desconectado de lo que desea.
El equipo que sostiene la marca es grande, diverso, mayoritariamente femenino, y profundamente cuidado. No como discurso, sino como práctica. Talleres, oficinas, pruebas, conversaciones. La cocina de la marca es íntima, lúdica y honesta. Ahí, dice, pasa lo más importante. Por eso, todo empieza puertas adentro.
Durante años, el eje del deseo y la sensualidad fue leído como provocación. Cuando la marca nació, era lencería. Y cuando Anastasia tenía poco más de veinte, exponer la sexualidad femenina desde un lugar propio traía consecuencias. Comentarios, prejuicios que la llevaron a elegir, durante mucho tiempo, no mostrar su cara. Hoy, a los 33, esa opinión externa pesa menos. El deseo dejó de ser defensa y pasó a ser motor.
«A mi edad ya la opinión externa me resbala más pero cuando tenía 24 o 25 no era así, recibía comentarios, sobre todo de hombres, cuestionando mi seriedad por cómo abordaba la sexualidad femenina, durante mucho tiempo no mostraba mi cara en redes por miedo a quedar condicionada – le cuenta con franqueza a POSTAL POSTAL -, hoy mi relación con el deseo es central, el deseo es motor de vida, de creatividad, de inspiración, no creo que alguien pueda ser creativo estando desconectado de lo que desea.» Una frase que funciona como manifiesto.

Más allá del negocio, aparece el futuro personal. Anastasia se imagina en algunos años entrando en su nuevo proyecto de vida de formar una familia. Se imagina otra etapa vital. Sin apuro, pero con claridad. La marca, dice, es su primer hijo. La empezó a los 21. Hoy ya camina sola, es casi adolescente y no tiene techo: «me encantaría seguir expandiéndome y probar nuevos mercados.
Anastasia Mónaco no persigue la novedad, persigue sentido. En un sistema que exige exceso, ella insiste en algo más sutil y más difícil: diseñar prendas que acompañen el tiempo de quien las usa.
El crecimiento, claro, tuvo costos. Estilos de vida que quedaron atrás. Veranos que no fueron eternos. Elecciones tempranas que la volvieron más selectiva con su tiempo, con sus vínculos y con su energía.
Hay cosas de la industria que la aburren: el esnobismo, la crítica liviana, la impostación y las modas que juegan a ser profundas sin serlo. Y hay otras que la siguen entusiasmando: el juego, lo real, el trabajo colectivo, la posibilidad de observar a la gente – en la calle, en un café, en un shopping -, y traducir comportamientos sin inventar la pólvora.
En un presente atravesado por el vértigo de las redes, Anastasia observa con distancia. Las campañas eternas dieron paso a los ganchos inmediatos. TikTok pide gestos rápidos, virales, descartables. Ella elige otra estrategia: mirar el contexto, tomar lo que ya existe y traducirlo con inteligencia. El mejor marketing, insiste, sigue siendo la realidad.
Hacia adelante, el desafío es el equilibrio. Producir en Argentina es caro. Cuidar equipos, procesos y calidad tiene un costo. Pero también está la clienta, que ya no puede pagar lo mismo. En ese punto aparece una decisión coherente con todo lo anterior: abrir un outlet. No como descarte, sino como segunda oportunidad. Prendas nuevas, guardadas, esperando vivir otras historias.
Y más allá del negocio, aparece el futuro personal. Anastasia se imagina en algunos años entrando en su nuevo proyecto de vida de formar una familia. Se imagina otra etapa vital. Sin apuro, pero con claridad. La marca, dice, es su primer hijo. La empezó a los 21. Hoy ya camina sola, es casi adolescente y no tiene techo: «me encantaría seguir expandiéndome y probar nuevos mercados.»
Anastasia Mónaco no persigue la novedad, persigue sentido. En un sistema que exige exceso, ella insiste en algo más sutil y más difícil: diseñar prendas que acompañen el tiempo de quien las usa.





