«Fui a la casa natal de Messi en Rosario, casi como un peregrino, a reconocerlo como francés por su talento…» / Postal Postal con el embajador de Francia, Romain Nadal, en los salones del Palacio Ortiz Basualdo

Por Joaquín Sánchez Mariño para POSTAL POSTAL. Fotos: Carla Nastri para POSTAL POSTAL.

El territorio francés en Argentina desde hace casi noventa años, es decir, la sede de la embajada, el Palacio Ortiz Basualdo en la esquina de la Avenida Alvear y la avenida 9 de Julio, es majestuoso por fuera, pero aún más por dentro. Una escalinata de honor, salones estilo tudor, detalles del renacimiento francés, bustos de reyes, motivos napoleónicos y precioso arte moderno expuesto en sus paredes. El mensaje de grandeza y elegancia francesas se impone – se busque o no -, a cualquier visitante. En su despacho, Romain Nadal, el representante de una potencia en todos los planos imaginables (desde moda hasta poderío militar, desde turismo hasta exploración espacial) recibió una mañana de diciembre a POSTAL POSTAL para inaugurar la primera nota de nuestra sección de Diplomacia. Ya lejos de las violentas barricadas – «al estilo novela de Victor Hugo» -, que lo impresionaron hace tiempo en Caracas, enamorado de los jacarandás porteños y admirador de Lionel Messi, la charla fue humana, fue geopolítica, fue sincera.

¿Qué fue lo primero que pensó cuando le tocó Argentina?

Cuando me anunciaron que me iban a nombrar embajador, yo estaba de embajador en Venezuela desde hacía seis años. La toma del cargo fue en el verano del 2023. Pensé enseguida: voy a pasar de un país en crisis, con una deriva autoritaria grave, una crisis humanitaria grave, a un país democrático con alternancia y voy a llegar en plena elección presidencial. Una elección que se pronosticaba muy peculiar para el ciclo político argentino y que fue efectivamente peculiar. 


¿Y no hubo un tiempo de descanso en Francia?

No, y además estábamos en pleno verano en europeo. Podía tomarme vacaciones después de Venezuela, que para mí fue muy agotador, pero como en Argentina estaban sucediendo las elecciones primarias, quise venir directamente.

¿Cuándo usted habla del verano – y ya lleva ocho años fuera de Francia -, se refiere al nuestro o al verano en agosto? ¿Qué verano hay en su cabeza?

Claro, hablo de nuestro verano, del de Francia. ¡Nos cuesta asimilar que diciembre, enero y febrero sean meses de calor! Para mí decir diciembre es pensar en frío, inmediatamente. Es difícil borrar toda una vida, la infancia. ¿Cómo es esto de diciembre sin bufanda? Aunque ya me adapté al calor argentino en esta época.

¿Ya había venido antes a la Argentina «de civil»?

Vine en 1998 a una cumbre sobre cambio climático. Eran los últimos años de Menem. Mes de noviembre. Me impactó mucho la belleza de la primavera porteña y los jacarandás. Salí a pasear cerca de la Universidad de Derecho, porque al lado era el Centro de Convenciones donde se hizo la cumbre. ¡Jamás hubiera pensado que treinta años después iba a ser el Embajador de Francia y que iba a vivir al lado! Porque la Residencia del embajador ahora está frente a la Facultad de Derecho. Cosas de la vida, camino por esa zona y a veces me resulta surrealista.

Los diplomáticos solemos trabajar en oficinas lujosas. Pero siempre que llego a un lugar así, lo que pienso es que puede terminarse al otro día. Somos inquilinos precarios donde estamos para servir a nuestro país. No me embriaga el oro de los palacios. Cuando era estudiante, en París, vivía en una habitación de ocho metros cuadrados, que era un cuarto de servicio doméstico, no tenía ni baño con pileta ni ducha. La alquilaba. Pasé mucho tiempo en ese ambiente. Vengo de un sector modesto de la sociedad francesa, y no olvido mis raíces…

Su primera vez como embajador fue en Caracas…

Sí, y no estaba preparado para algo así. Llegué a Caracas en 2017, en medio de barricadas, con gente manifestándose y protegiéndose de la represión. Me hizo pensar en las barricadas de las novelas de Victor Hugo, la París del siglo XIX. Me impactó muchísimo. Yo venía de diez años viviendo en Francia, con tareas de prensa. Volé un domingo desde París y el lunes por la mañana estaba en Caracas y la ciudad estaba en estado de sitio.

¿Se asustó?

No, no me asusté. No tengo una personalidad miedosa. Pero sí me puedo angustiar preguntándome: ¿estaré a la altura? No me asustaban los disparos y la represión porque a mí no me querían matar. Me preocupó mucho en ese momento la seguridad de los periodistas. En la ciudad había tanta violencia que la cobertura internacional estaba aumentando muchísimo y casi de forma cronológica. Empezaban a llegar reporteros franceses que se burlaban de mí y me decían: vos querés seguir trabajando con nosotros.

Primer destino, destino de acción digamos.

Claro, pero como diplomático crecí mucho. Aprendí a trabajar, aprendí mucho del equipo que me rodeaba en aquel momento, aprendí a tener los reflejos para proponerle a mi gobierno una estrategia, cómo contactar a la sociedad civil, cómo trabajar con un gobierno en deriva autoritaria, cómo trabajar con la comunidad internacional.

¿Qué fue lo primero que le impactó de la cultura argentina desde que es embajador aquí.

Diría que la gran apertura de la sociedad argentina al resto del mundo. Estamos en América Latina y hay una identidad latinoamericana pero también muy europea. Argentina es un crisol realmente. Europeo, latinoamericano, de Medio Oriente, de Asia, de África. Son muchas raíces culturales que se mezclaron y eso hace que Buenos Aires sea una capital cultural con tantas influencias. De hecho: todos los artistas internacionales vienen a dar conciertos. ¡Nunca vi tantos conciertos como en Buenos Aires desde que llegué!

¿Más que en Francia?

Sí, París también atrae mucho a los artistas pero yo no tenía tiempo. Iba, pero aquí voy más a menudo. Acá vi a Paul Mc Cartney en el estadio de River y fue espectacular, yo era fan de The Police y aquí vi a Sting en el Movistar Arena, también a Shakira y quiero ir a ver a AC/DC. Además hay como una especie de «fusión» en Argentina entre los artistas y el público argentino, son conciertos que impactan mucho. Hay también un artista francés que viene seguido a Buenos Aires. Se llama Benjamin Biolay y tiene una hija argentina. Es muy reconocido en Francia y grabó acá un album que se llama «Palermo Hollywood». Me encantó verlo en Niceto, un poco entre bambalinas.

¿Y cómo se adapta un diplomático, alguien experto en protocolo, cuando llega a la Argentina y todo es muy cercano y la gente te saluda con un beso?

Yo no soy muy protocolar así que me adapto bien a la calidez latinomericana y argentina. No me molesta sino todo lo contrario: soy una persona que necesita el contacto físico y el afecto. Sería muy infeliz en una sociedad introvertida y fría. El abrazo para mí es natural.

Nosotros tenemos armas nucleares justamente porque un estadista francés, Charles de Gaulle, quiso que tuviéramos autonomía frente a las dos potencias nucleares de la Guerra Fría: Estados Unidos y la Unión Soviética. No amenazamos a nadie. Pero disuadimos y podríamos defender nuestro territorio. Pero ojo, hoy hay nuevas formas de guerra híbrida y por eso contamos con otras herramientas. Pero cuando pensamos en “miedo” sería frente al riesgo de un apocalipsis nuclear mundial. Que no es tanto un riesgo directo para Francia sino para toda la humanidad. Por eso no queremos que Irán, por ejemplo, tenga el arma nuclear. Y tratamos también de dialogar con Rusia para que privilegie la diplomacia en lugar de la fuerza…

Borges hacía siempre un chiste que decía que Buenos Aires es la ciudad más europea del mundo, y los argentinos tenemos esta cosa de creernos como los europeos de América Latina. ¿Usted nos definiría más como europeos o como latinos?

Para mí ustedes son la mezcla perfecta entre lo latino y lo europeo. Es una peculiaridad notable. No son europeos porque crearon algo que va más allá, su desarollo cultural fue diferente. Argentina no se puede reducir a su alma europea. A su orígen europeo. Es más que eso.

Interesante. Última pregunta sobre los argentinos: ¿cuántas veces desde que llegó le hicieron el chiste «segundo, Francia»?

Sobre el mundial, muchas veces. Pero lo que hay que recordar es que fue un partido extraordinario. Fue una final excepcional. Tal vez la más bella de la historia de los mundiales. Ustedes ganaron, pero ambos la hicimos y participamos de esa gloria.

Si Argentina perdía, hubiese sido una tragedia monumental, que creo que ustedes, con un poco más de historia, no lo hubieran vivido como una tragedia.

No, exacto. Hubiéramos preferido ganar pero fue justo que Lionel Messi, jugador universal con inmenso talento obtuviera la copa. Eso nos alegró. Fui a visitar la casa natal de Messi en Rosario y pintaron murales extraordinarios en el barrio donde nació. Fui casi en caracter de peregrinación como francés a reconocer a Messi.

¿Cómo es la vida entre palacios? ¿Trabajar en un palacio, vivir? Imagino que la residencia debe ser bastante palaciega también.

Sí, hay que extraerse. Yo soy producto de la meritocracia republicana francesa. No nací en un palacio. Nací en una pequeña casa de una pareja de docentes en el sureste de Francia. En París nuestro Ministerio es también un edificio muy espectacular y los diplomáticos en nuestra carrera, a veces trabajamos en oficinas lujosas y con mucho decorado histórico. Pero siempre que llego a un lugar así, lo que pienso es que puede terminarse al otro día. Somos inquilinos precarios donde estamos para servir a nuestro país. No me embriaga el oro de los palacios. Cuando era estudiante, en París, vivía en una habitación de ocho metros cuadrados, que era un cuarto de servicio doméstico, no tenía ni baño con pileta ni ducha. La alquilaba. Pasé mucho tiempo en ese ambiente. Vengo de un sector modesto de la sociedad francesa, y no olvido mis raíces.

Lo que hay que recordar sobre la final del Mundial en Catar es que fue un partido extraordinario. Tal vez la final más bella de la historia de los mundiales. Ustedes ganaron, pero ambos la hicimos y participamos de esa gloria. Fui a visitar la casa natal de Messi en Rosario y pintaron murales extraordinarios en el barrio donde nació. Fui casi en caracter de peregrinación como francés a reconocerlo a él y su talento…


«Es legítimo que un país defienda sus intereses, pero de forma pácifica, no invadiento a otros países como hizo Rusia…»

Me gustaría hacer un pequeño recorrido por la situación del mundo ¿Cómo ve en este momento la situación de Europa? La guerra en Ucrania, Rusia, la migración.

La veo compleja y muy desafiante para la Unión Europea. Pero a su vez es una oportunidad, para crecer como actor geopolítico. Frente a la amenaza rusa, frente al distanciamiento de Estados Unidos que compite con China, Europa tiene que empezar a reafirmarse y lo estamos haciendo a marcha forzada. Le toca a nuestra generación inventar o reconstruir los pilares del orden internacional. Los ejes prioritarios de la política exterior de Francia son el multilateralismo, la protección de la democracia y favorecer los intercambios económicos. Es complicado porque hay muchos ataques a esos pilares. Y si se quebrantan el riesgo de enfrentamiento militar o del uso de la fuerza es altísimo. De hecho, veamos a Rusia que es un país antidemocrático, con voluntad hegemónica y sin apertura económica. Ese es el tipo de países que amenaza la estabilidad global.

¿Hay miedo por la amenaza nuclear? ¿Preocupa? Este año Macron dijo de algún modo que el arsenal nuclear francés estaba a disposición de la protección de Europa.

Una de las características de Francia es que somos un país nuclear. Tenemos el arma nuclear. Justamente porque un estadista francés, Charles de Gaulle, quiso que tuviéramos autonomía frente a las dos potencias nucleares de la Guerra Fría: Estados Unidos y la Unión Soviética. Y a las armas nucleares las mantuvimos. No amenazamos a nadie. Pero disuadimos y podríamos defender nuestro territorio. Pero ojo, hoy las amenazas militares no provienen únicamente lo nuclear, hay nuevas formas de guerra híbrida y por eso contamos con otras herramientas. Pero cuando pensamos en “miedo” sería frente al riesgo de un apocalipsis nuclear mundial. Que no es tanto un riesgo directo de Francia sino de toda la humanidad. Por eso no queremos que Irán, por ejemplo, tenga el arma nuclear. Y tratamos también de dialogar con Rusia para que privilegie la diplomacia en lugar de la fuerza. Es legítimo que un país defienda sus intereses, pero de forma pacífica. No invadiendo a otro país, como hizo Rusia con Ucrania.

Veo al panorama actual muy complejo y muy desafiante para la Unión Europea. Pero a su vez es una oportunidad, para crecer como actor geopolítico. Frente a la amenaza rusa, frente al distanciamiento de Estados Unidos que compite con China, Europa tiene que empezar a reafirmarse y lo estamos haciendo a marcha forzada. Le toca a nuestra generación inventar o reconstruir los pilares del orden internacional…

Un tema que a mí me interesa particularmente porque lo cubro mucho es la migración. ¿Cuál es su mirada sobre lo que en Europa denominan “crisis migratoria”? ¿Lo considera una crisis?

La migración históricamente siempre es un reto. Pero Argentina es un ejemplo magnífico de migración exitosa. Vino gente de todo el mundo. El 17 por ciento de la población de Argentina tiene origen francés. La semana pasada recibí al Presidente de un departamento de Francia, Aveyron, desde donde hace un siglo y un poco más, emigraron muchos habitantes a la Argentina. Y fundaron la ciudad de Pigüé donde cada año se realiza una Fiesta del Omelette Gigante, que es récord mundial. Francia también recibió a mucha población migrante. Yo, por ejemplo, soy del sureste de Francia, pero mis tatarabuelos vinieron de España a principios del siglo XX. En mi árbol genealógico hay tatarabuelos de la Cataluña española que cruzaron a la Cataluña francesa. A su vez necesitamos migración porque en Europa, como sucede en otras partes, hay una crisis demográfica. La selección francesa de fútbol es un ejemplo de integración muy exitoso. Ya cuando ganamos el mundial en nuestro país, nuestra primera Copa del Mundo, en 1998, era blanc, black, beur (blanco, negro, magrebí). Zinedine Zidane, quien fue el héroe en esa ocasión, es hijo de argelinos que se instalaron en Marsella. Y algún día tal vez sea entrenador de nuestra selección. Para mí, y lo digo como embajador de Francia, la inmigración es un reto pero también una oportunidad. Y es una de las claves del éxito de nuestras sociedades en un mundo global. Y es una oportunidad para la sociedad francesa de enriquecerse, cultural y humanamente.

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