25 de febrero, 16h30, place de la Bastille, Paris, Francia. Todo a mi alrededor vibra: los autos eléctricos parecen perseguirse en círculos infinitos mientras que los jóvenes en bicicletas (también eléctricas) zigzaguean alegres, smartphones en mano. Los turistas – siempre vestidos de turistas -, se detienen frente a la Colonne de Juillet (Columna de Julio) y buscan el buen ángulo para sacarle una foto y poder compartirla en las redes sociales (hay que justificar el gasto que representa el viaje a la ciudad del amor). Todos buscando reencontrarse con esa chispa revolucionaria que hace más de 230 años, en esta misma plaza, derribó al absolutismo, abriendo el primer acto de lo que resultaría en el advenimiento del célebre sistema republicano francés.
Hace 86.424 días exactamente, una multitud iracunda cambiaba la historia mundial, entre gritos y pólvora. Hoy, no hay gritos ni pólvora. Sólo risas y cafés de especialidad. Algunos Bubble Tea shops, heladerías, tiendas de souvenirs y los pocos bistrós que sobreviven. La insouciance generalizada (esa despreocupación parisina de saberse en uno de los polos del mundo) dicta el ritmo: como si la ciudad susurrara a sus habitantes que no vale la pena preocuparse.
Sin embargo, la insouciance no es sinónimo de optimismo. París, la ciudad que fue el símbolo del nacimiento de un nuevo orden parece presentir, sin decirlo, que otro ciclo histórico está por comenzar. A poco más de un año de las elecciones de presidenciales de 2027, que prometen marcar el tono y el destino del continente europeo, la sensación que se respira es la de que un cambio profundo e inexorable. ¿Pero qué es lo que va a cambiar?
Durante más de siete décadas, Francia vivió bajo una premisa tácita: el progreso material seguiría su curso, los conflictos irán desapareciendo, los sacrificios del presente serán recompensados por la prosperidad futura. Así se consolidó el pacto social de la posguerra: nacían los ‘Treinta Gloriosos’, tres décadas de prosperidad inédita (1945 – 1975) que instalaron un ideal de prosperidad erigido alrededor de la convicción profunda de que el Estado es la única (¿y la mejor?) manera de resolver los problemas de la comunidad. El Estado, gracias a su rol estratégico y planificador, es el único garante de los intereses permanentes de la nación y de sus ciudadanos.
Sin embargo, en su discurso del 24 de agosto de 2022, Emmanuel Macron afirmó que “Estamos viviendo el fin de aquello que podía presentarse como una abundancia” (“nous vivons la fin de ce qui pouvait apparaître comme une abondance”), abriendo una fisura que hoy sigue latente. Con esa declaración, Macron marcaba que el paradigma progresista dominante debía ser repensado. No fue un gesto alarmista (precipitarse dándole rienda libre al pirronismo moral no forma parte del manual de protocolo y ceremonial republicano). Fue, más bien, el reconocimiento oficial de algo que millones de franceses ya intuían: las limitaciones materiales – energéticas, climáticas, fiscales, geopolíticas – no requieren simples “ajustes” de presupuesto.
Tomemos por ejemplo el sistema previsional: Francia pasó de tener tres trabajadores por cada jubilado en 1955, a menos de dos en 2025. Al mismo tiempo, la esperanza de vida aumentó más de 15 años (de 67 a 84) y la natalidad cayó por debajo del nivel de reemplazo (de 2.7 a 1.6). Un giro demográfico que obliga a reinventar la solidaridad intergeneracional en un país, y un continente, que envejece. Si bien el fin de la abundancia no puede limitarse a un diagnóstico económico ni presupuestario y aunque muchas veces se buscan chivos expiatorios, los inmigrantes lo saben muy bien, la realidad es que los desafíos están a la vista: Francia le hace frente a cincuenta años decisivos en los que se viene un choque demográfico, una transición climática y la tarea más difícil de todas, restaurar la cohesión ciudadana.

La lucidez del francés no sonríe y hoy entiende que no se trata de recuperar la abundancia perdida, o de volver a un pasado glorioso. Sólo los nostálgicos y los tontos piensan que el pasado fue mejor, decía Montesquieu. Como en otras etapas decisivas de su historia, la efervescencia social preanuncia la emergencia de algo nuevo. Quizás porque Francia aprendió a nacer en medio de sus propias rupturas, este momento no parece un final, sino un comienzo.
La insidiosa sensación de que las instituciones ya no son capaces de articular estos desafíos y la ausencia de un relato convincente sobre lo que vendrá, sumado a la crisis del modelo social del Estado de bienestar (ya representa más del 32 % del PIB), no permiten ser muy auspicioso con respecto al futuro.
Pero es justamente en este punto en donde la memoria histórica de una vieja nación, en un viejo continente, permite mirar el abismo sin subsumirse en el vértigo. «Vísteme despacio, que estoy apurado» («habille-moi lentement, je suis pressé»), habría dicho Napoleon: sentencias morales que ilustran el talante de aquellos que mantienen la calma en tiempos tumultuosos. Y es que, de un tiempo a esta parte, la inquietud se transforma en discernimiento: el fin de la abundancia, lejos de anunciar un derrumbe, nos obliga a preguntarnos ¿qué sostiene realmente a una sociedad?
Durante décadas, la respuesta fue económica (consumo, crecimiento, bienestar material). Hoy, el país de las ciencias sociales sabe que el desafío es humano. Cuna de Durkheim (fundador de la sociología), de Marcel Mauss (padre de la antropología contemporánea), Lévi-Strauss (soñador del estructuralismo antropológico) o de los inmensos Michel Foucault, Pierre Bourdieu, Jean Baudrillard, Bruno Latour, Francia se prepara para enfrentar la verdadera batalla del tiempo que viene. Cuando la historia empuja al viejo orden hacia el olvido, cuando lo vetusto se derrumba, cuando el marco regulador no regula, cuando los pilares ya no sostienen, cuando la vida cotidiana no sigue un curso claro y las expectativas no se alinean, Francia suele encontrar – no sin turbulencias – la manera de inventar algo que todavía no existe.
La lucidez del francés no sonríe y hoy entiende que no se trata de recuperar la abundancia perdida, o de volver a un pasado glorioso. Sólo los nostálgicos y los tontos piensan que el pasado fue mejor, decía Montesquieu. Como en otras etapas decisivas de su historia, la efervescencia social preanuncia la emergencia de algo nuevo. Quizás porque Francia aprendió a nacer en medio de sus propias rupturas, este momento no parece un final, sino un comienzo. El país que inventó la ciudadanía moderna, que transformó la rabia en República y la multitud en pueblo político, vuelve a encontrarse frente a una oportunidad histórica: convertir el fin de la abundancia en el principio de un nuevo sentido.
No se trata de una revolución, ni de un giro de 180°, tampoco de promesas sin cálculo ni de destinos mesiánicos fundados en la fe (de eso sabemos bastante en nuestras latitudes). Se trata, más bien, de recuperar algo más profundo: la capacidad de imaginar un futuro digno. Ya no un programa político ni una consigna doctrinaria, sino esas intuiciones profundamente arraigadas en la Republica: la libertad individual sólo florece si la sociedad no se fragmenta (liberté), todos los humanos valen la pena (égalité), la solidaridad no es un gasto, sino la condición misma de nuestra naturaleza (fraternité).
Un humanismo renovado – intercultural, consciente de que ninguna comunidad se basta a sí misma -, parece emerger de los vestigios de la vieja arquitectura moral. Frente al desafío de elegir entre salvar los muebles o apostar al porvenir, sólo la historia nos dirá si Francia sabrá, una vez más, estar a la altura de su propia historia.
Foto principal: Unsplash + (ph Remi Morel) y Unsplash – ph Nmg Network.






