«El milagro japonés de lo preciso (y por qué lo que más me conmueve de Japón es lo que me hace pensar).»

Lo más parecido a un “sucucho” argentino en Japón es un Izakaya: un barcito diminuto y escondido, con pocas banquetas, donde un chef cocina, casi sin estructura, platos con una precisión casi ceremoniosa. Ahí probé las mejores vieras de mi vida, cocinadas en una simple hornalla portátil. Y lo que me hizo entender fue que en Japón nada sobra y nada falta. Para quienes venimos de culturas más intensas y exageradas, donde se premia el exceso de “lo extra grande” y urgente, ese minimalismo al principio puede sentirse incómodo o como una falta, pero lo que revela es interesante: ¿Cuándo confundimos la abundancia con valor? ¿Qué nos hizo creer que necesitamos mucho más?

Creo que lo que más me conmueve de Japón es todo lo que me hace pensar.

Esa precisión la usan en relación a su espacio. Seguro que vivir en una isla los obliga a aprovechar cada rincón al máximo. Como no les queda más terreno horizontal, construyen en vertical, entonces hay restaurantes en subsuelos y pisos altos, y hasta las habitaciones de hotel son chiquitas y medidas al detalle. Pero incluso Tokio, con sus 35 millones de habitantes (es la ciudad más poblada del mundo), no se siente caótica. Y creo que tiene que ver con su filosofía de no acumular más de lo necesario y de respetar el espacio del otro como si fuese el propio.

Japón es primer mundo moderno, pero con rituales antiguos. Todavía usan monedas y billetes. Y una vez pregunté por la hora de salida de un subte y y, en vez de mirar una pantalla, hojeó un gran libro impreso. Ahí estaba la información exacta. Eso me resonó: ¿cuántas veces vamos a la tecnología por default? A veces nos la complicamos y pensamos que la tecnología o lo nuevo es mejor. Como nos reveló El Eternauta: “Lo viejo funciona”.

Para los nipones, lo tradicional es un valioso, no chatarra. También lo noté en sus rituales cotidianos. Como nosotros tomamos mate, ellos toman matcha (té verde) en una taza sin asa, que no es para nada azaroso. Tomar de ahí es diferente: tiene una medida justa que te obliga a frenar porque hay que sujetarlo con las dos manos. No es de consumo rápido, urgente. Es de disfrute y sin apuro. Como el mate. Un espejismo.

Foto: Tiffy del Mastro para POSTAL POSTAL

Un día tiré un envoltorio en el tacho de un puesto callejero y un señor de brazos cruzados me advirtió que no podía hacerlo ahí. Al principio pensé “che, qué exagerado”, pero después entendí que ahí cada uno administra sus desperdicios. Y si fuese permisivo y la dejara pasar, perdería ese orden. Entonces son esas pequeñas reglas, que repetidas por millones, construyen la armonía…

Yo veo así a los japoneses: medidos. Justos y equilibrados. No escatiman ni derrochan. Son exactos. Y lo hacen sin ánimos de grandeza. Es una cultura que no se saluda a los bifes, dándose palmadas en la espalda con un cariño casi violento. Ellos se inclinan y reverencian. Te entregan la compra o el vuelto con las dos manos mirándote a los ojos. Se sacan los zapatos para entrar hasta en un restaurante, para no pisar el tatami inmaculado. Calculan la salida del tren al minuto exacto: 11.51. Y si no cumplen, un trabajador pide disculpas públicas. Para una argentina acostumbrada al desborde y a la improvisación, esto me resulta prácticamente un milagro.

Pero tampoco quiero generalizar y decir que todos son suaves y delicados. Japón también es frenético. En Shibuya, el paso peatonal más concurrido del mundo, las tres mil personas que cruzan al mismo tiempo no lo hacen meditando y de las manos. Pero mágicamente se ordenan en el caos y se sincronizan sin chocarse. Cada uno en su lugar. Si hay que cruzar la calle, subir a una escalera mecánica, ingresar al subte, hay una fila que ordena.

Un día tiré un envoltorio en el tacho de un puesto callejero y un señor de brazos cruzados me advirtió que no podía hacerlo ahí. Al principio pensé “che, qué exagerado”, pero después entendí que ahí cada uno administra sus desperdicios. Y si fuese permisivo y la dejara pasar, perdería ese orden. Entonces son esas pequeñas reglas, que repetidas por millones, construyen la armonía.

Ese contraste es lo que me conmueve. Lo tradicional en lo moderno. La calma conviviendo en el frenesí del mundo.
Como cuando vi a una abuelita usar una pinza para agarrar con suavidad cada hojita seca de la vereda. Una escena casi quirúrgica y poética. Como un gesto de cariño al espacio colectivo. Al ver que no necesitaba chorros de agua a mansalva para limpiar la calle, entendí ese equilibrio preciso y milagroso japonés. Y cuando se vive así, hasta una hoja en la vereda merece atención.

Foto principal: Unsplash + – ph Pesce Huang –

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