«No sólo se reservan, se codician: en las últimos días conocí las habitaciones de hotel más deseadas de Punta del Este. ¿Cuáles son y cómo son estos mundos de lujo y calma?»

Por Fiorella Benavides en exclusiva para POSTAL POSTAL desde Punta del Este


«Durante el último mes estuve recorriendo algunas de las habitaciones más deseadas de Punta del Este. No fui solo a verlas: fui a sentirlas. Cada una me provocó algo distinto, una luz que ordena el día, un silencio que baja de golpe, una arquitectura que respira, una vista que te acomoda el cuerpo.

En Punta del Este, un lugar donde la naturaleza dibuja mares inmensos, atardeceres dorados y bosques que respiran, existen habitaciones que no solo se reservan: se codician. Son espacios que capturan la esencia del entorno y la transforman en experiencia; habitaciones que dialogan con su paisaje y lo convierten en parte del descanso, la contemplación y el acto simple de estar.

Cada una de estas propuestas convive de manera distinta con el lugar donde está situada: la luz filtrada entre los árboles, el horizonte marino que se mueve con el día, el campo que se abre como una pausa, la arquitectura que enmarca el paisaje, el silencio que baja desde las alturas. Son habitaciones que no buscan deslumbrar por exceso, sino por atmósfera: por cómo hacen sentir. Más que suites, son pequeños mundos diseñados para que el lujo se traduzca en amplitud, en calma, en la belleza del entorno y en esa sensación única de que el afuera y el adentro se vuelven uno solo.

Estas son sus historias.

Son habitaciones que no buscan deslumbrar por exceso, sino por atmósfera: por cómo hacen sentir. Más que suites, son pequeños mundos diseñados para que el lujo se traduzca en amplitud, en calma, en la belleza del entorno y en esa sensación única de que el afuera y el adentro se vuelven uno solo…

1) Casa Flor: la habitación donde la calma se vuelve hábito. / La Barra.

Hay habitaciones que se sienten vivas. Casa Flor es una de ellas. No por el movimiento de los huéspedes, sino por la sensibilidad de quienes la diseñan: un espacio donde cada objeto parece haber encontrado su lugar exacto. La habitación combina una biblioteca verde-azulada creada especialmente para este cuarto, una mezcla precisa de azul, verde y negro que Julia Helena Piñero y Bruno Ruggiero, artista uruguayo, buscaron durante días, con muebles Art Déco restaurados que aportan carácter sin estridencias. El resultado es un ambiente que abraza: íntimo, cálido, un poco secreto.

El balcón es su tesoro. Reparado, silencioso, rodeado por una santa rita blanca que, cuando florece, vuelve la vista casi mediterránea. Ahí se repite siempre la misma escena: dos personas descalzas, una copa de vino, la tarde cayendo sobre el bosque.

Casa Flor tiene fans: escritores, músicos, artistas, personas que viajan para pensar, crear o simplemente reencontrarse con un ritmo más lento. La vista larga al bosque ofrece un tipo de silencio que no existe en otros cuartos, y el pequeño escritorio se vuelve refugio creativo para quien lo necesita. El lujo acá es otro: los huevos orgánicos del desayuno, la calidez del equipo que ordena hasta los zapatos con sentido estético, el aroma a jazmín natural en el baño y ese color de biblioteca que ya es parte del ADN del hotel. Un lujo mínimo, íntimo, cotidiano.

La postal: la biblioteca verde mostaza iluminada naturalmente, el libro abierto sobre la mesa y los muebles originales acompañando la escena. Un rincón donde la calma y la creatividad se vuelven hábito

2) Posada Ayana: la suite donde el arte toma la palabra. / José Ignacio.

En Ayana, la naturaleza no es un paisaje: es un principio arquitectónico. Desde la terraza elevada de la suite más codiciada, el verde se despliega como una relación que cambia con la luz. “Esta vista es como una historia”, le dice a POSTAL POSTAL Edda Kofler, dueña de la posada. Y aunque no se ve el mar, el horizonte vibra igual.

La suite tiene identidad propia. No solo por su nombre – Ayana significa flor hermosa -, sino porque el corazón de la habitación gira en torno a un retrato que Antonio Alza hizo de ella: un dibujo a lápiz donde aparece con una corona de flores. Es una pieza sutil, íntima, que marca el aire del cuarto. Un tapiz de Pati Lutteral suma textura y calidez, acompañando la paleta de madera, lino y luz natural que caracteriza a toda la posada.

Es una habitación que empieza y termina el día. El amanecer cae entero sobre la terraza superior; el atardecer enciende los muros con tonos rosas, naranjas y dorados. La luz no ilumina: transforma. La suite está conectada al Skyspace de James Turrell casi como si fuera parte del mismo gesto. “Los huéspedes a veces van antes del amanecer, en bata, porque no pueden volver a dormir”, cuenta Edda entre risas. Hay algo ritual en ese camino silencioso.

La arquitectura es rigurosa y serena. Álvaro Pérez diseñó la posada sobre una parrilla estructural que no se ve, pero se siente: proporciones exactas entre habitación, ventanas y terrazas; una geometría que ordena sin imponerse. Incluso el techo flota: los remates no tocan las paredes. “Es un detalle mínimo, pero cambia por completo la atmósfera”, señala Edda. Adentro, el arte y la naturaleza dialogan. Obras locales, muchas de mujeres artistas, conviven con piezas traídas de Europa. Las plantas completan el lenguaje visual: acompañan, suavizan, respiran.

En esta habitación, el lujo no es brillo ni exceso. El lujo es sentir que no falta nada. Es estar en casa, incluso lejos. Es exhalar.

La postal: “estar recostada en el pasto, rodeada de flores, con el sol tibio en la cara”. La suite traduce esa imagen: arquitectura que flota, luz que respira y un horizonte que acompaña en silencio.

3) Hotel Fasano: bungalows de lujo que son un mundo aparte (desde la cama, el horizonte entra como una obra viva). / La Barra (cuando se vuelve sierra).

Hormigón, campo y luz: una habitación diseñada para desaparecer en el paisaje. El Bungalow de Lujo es un mundo aparte. Desde afuera, el volumen brutalista dialoga con el campo como si hubiera surgido de la tierra. La naturaleza lo abraza: la buganvilla fucsia trepa por los muros, las enredaderas suavizan el hormigón y todo se mezcla con el entorno hasta volverse orgánico.

Desde adentro, el diseño cambia de tono. Maderas cálidas, textiles suaves y una luz horizontal que vuelve todo sereno y táctil. La galería – esa franja de sombra profunda -, funciona como un espacio intermedio donde el tiempo se aquieta. Las líneas del techo marcan el pasto como un reloj solar y el paisaje se abre en panorámica. Desde la cama, el horizonte entra como una obra viva. El servicio acompaña en silencio: un carrito propio para moverse por las 480 hectáreas es parte del lujo discreto de Fasano.

La postal: las sombras sobre el pasto, la buganvilla encendida, el hormigón iluminado y el horizonte extendido detrás. Un refugio que entiende que el verdadero lujo es el espacio, la luz y el silencio.

4) Posada Luz: el lujo de sanar en silencio. / José Ignacio.

La habitación más emblemática de Posada Luz tiene su momento perfecto: el atardecer. El sol desciende y pinta las paredes desde afuera hacia adentro; la hora dorada no ilumina: acaricia. El espacio invita a quedarse tranquilo, a observar, a sentirse parte del paisaje. La sensación que buscan que el huésped se lleve es clara: paz, conexión, desconectar para conectar.

El lujo, aquí, es lo genuino: materiales nobles, objetos con origen, gastronomía de estación. Mesas hechas con árboles caídos, cerámicas creadas por alguien del equipo, cueros uruguayos. Y el lujo del espacio: 14 hectáreas para 16 personas, un retiro real a minutos del ruido. La visión del dueño – suizo-iraní, cirujano plástico especializado en reconstrucción post cáncer – dio origen a la filosofía del lugar: para sanar el cuerpo, primero hay que sanar lo que lo sostiene. Hoy, esa sensibilidad sigue viva gracias a quienes gestionan la posada con la misma dedicación.

La atención es silenciosa: sin televisión, sin minibar, sin interrupciones. El servicio se basa en lo humano, en cuidarte sin invadir. Los huéspedes se van sabiendo nombres, compartiendo historias.

La postal: dos personas descalzas en la terraza, una copa de vino, el atardecer entrando lento. El silencio alrededor. La escena exacta donde Posada Luz muestra su propósito.

5) Habitación Presidencial de The Grand Hotel: la sensación de estar flotando sobre el mar y un rincón que se vuelve ritual.

La suite presidencial es la coronación del edificio. Ubicada en lo más alto y diseñada bajo el concepto de un barco mirando al horizonte, envuelve al huésped en una vista de 180 grados al mar. Amanecer dorado entre velos de lino, tardes de luz miel, atardeceres que recortan el océano en una curva perfecta.

El espacio se despliega como un apartamento contemporáneo: un living amplio donde la luz transforma cada textura; una cocina integrada con discreción; un escritorio orientado al mar; y áreas de descanso que repiten la sensación de amplitud, silencio y horizonte abierto. La paleta suave – arenas, beige, verdes agua – dialoga con el exterior. Las curvas del edificio, inspiradas en la proa de un barco, se sienten desde adentro: las ventanas envolventes hacen que una navegue sobre la costa.

En el dormitorio, la luz cambia según la hora y convive con acentos de color que aportan calidez. Todo invita a descansar: materiales nobles, líneas puras, el sonido del mar como único acompañante. Y hay un rincón que se vuelve ritual: la mesa redonda frente al ventanal, un mirador íntimo para desayunar, escribir, brindar o simplemente dejarse estar mientras el horizonte se mueve lento.

La postal: la curva del ventanal abrazando el mar, la luz dorada sobre el living y la sensación de estar flotando sobre la costa. Una suite donde el lujo no se declara: se habita.»


Las fotos fueron gentileza para POSTAL POSTAL de los hoteles seleccionados en la nota.

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