Nos encontramos con Corine Fonrouge una tarde sin apuro en el atelier de San Telmo de Min Agostini. Ella conocía el espacio. Se movió con naturalidad, tocó las telas, observó las costuras. En la mano, una cámara analógica y un desafío simple y exigente: retratar este mundo de estilo desde su propio lente y contarlo en apenas diez fotos.
Por María Comand. Fotos: Fran Pettinari para POSTAL POSTAL.
Corine Fonrouge llegó una tarde de verano al espacio de Min Agostini en San Telmo. Por fuera, una discreta puerta negra. Por dentro, un atelier que Corine – estilista y asesora de imagen con una personalidad inconfundible e ideas muy propias -, ya conocía. Entre Min, una de las diseñadoras más reconocidas de Buenos Aires y Corine hay una afinidad silenciosa que las conecta, cada una desde su lugar. El desafío al que POSTAL POSTAL invitó a Corine fue retratar la tienda – las telas, las costuras, los detalles, la atmósfera humana, los indicios artísticos -, con una cámara analógica. Desde su mirada, clic a clic. Corine ya recomendaba a Min en sus redes, la seguía, confiaba en su mirada para acompañar a mujeres en procesos que no tenían que ver con “verse mejor”, sino con volver a encontrarse.
El primer contacto no fue estratégico ni planificado: fue mutuo. Dos mensajes que se cruzaron casi al mismo tiempo, como suele pasar cuando algo está destinado. Fue en un momento especial para Corine porque estaba por lanzar un evento propio donde integraba estilo, mentalidad y energía, llevando todo eso al cuerpo y a escena. Ahí apareció el pedido directo y honesto: ¿me querés vestir? Lo que siguió no fue la elección de una prenda, sino el inicio de una construcción.

Para Corine Fonrouge, Min Agostini representa exactamente eso. Una moda que no copia, que no disfraza, que no empuja. Min es muy selectiva. Cuando habla de Corine, habla de afinidad de camino. De un mismo mensaje expresado desde lugares distintos. Vestirla fue reconocer una esencia compartida: personalidad, fuerza, claridad. Para Min, el objetivo no es trabajar sobre el cuerpo, sino potenciar la personalidad, elevarla, profundizarla. Empoderar no desde la forma, sino desde el sentido.
El atelier de Min Agostini acompaña esa lógica. Hay silencio, tiempo y una atención puesta en cómo cae un género, cómo responde al movimiento, cómo se comporta un cuerpo cuando deja de tensarse. En Min, la sastrería es una creación sensible sobre cuerpos reales. El momento fue perfecto para que Corine nos comparta, a su modo, el universo de Min Agostini. La última vez que había usado una cámara con rollo fue con una de sus abuelas, hace muchos años.
Ella camina y aprecia cada rincón, se la ve divertida y emocionada con la posibilidad de encontrar esos rincones que sutilmente están cargados de Min. Este es un rollo de moda lleno de afecto. Y también de audacia. Querer contar a alguien en diez fotos no es para cualquiera. Corine ya está en juego.
Min Agostini es arquitecta de formación, y esa raíz atraviesa todo. Diseña desde la tercera dimensión, desde el cuerpo como volumen, desde las líneas que se trazan en el espacio. No parte de una idea previa ni de un concepto cerrado. Construye a partir de las telas y de lo que sucede cuando esas telas encuentran un cuerpo. Siempre habló de su trabajo como construcción: piezas que se arman en diálogo con quien las habita, pensadas para todos los cuerpos, todas las formas, todas las dimensiones. Esa búsqueda interna, profunda, no replicable, es hoy un verdadero lujo.
Para Corine, Min representa exactamente eso. Una moda que no copia, que no disfraza, que no empuja. Min es muy selectiva. Cuando habla de Corine, habla de afinidad de camino. De un mismo mensaje expresado desde lugares distintos. Vestirla fue reconocer una esencia compartida: personalidad, fuerza, claridad. Para Min, el objetivo no es trabajar sobre el cuerpo, sino potenciar la personalidad, elevarla, profundizarla. Empoderar no desde la forma, sino desde el sentido.




Mientras Corine recorre el atelier y contempla los diseños de Min, habla con POSTAL POSTAL sobre lo que significa la moda para ella. “Es una herramienta de gestión emocional. Una forma de ordenar el estado de ánimo, de leerse, de expresarse. Vestirse no es respuesta al afuera, sino pregunta interna: ¿cómo me quiero sentir hoy?”, sostiene.
Esa pregunta aparece una y otra vez, especialmente frente a eventos, invitaciones o códigos de vestimenta. Entender las normas de convivencia, sí. Pero después elegir desde el deseo, desde el juego, desde la posibilidad de ser protagonista, misteriosa, sexy, masculina o silenciosa. Vestirse no es responder a un «dress code», sino elegir cómo estar en el mundo ese día.
No es casual. Corine es actriz desde chica. El teatro le enseñó que todo empieza por el cuerpo y que crear es, en el fondo, animarse a jugar. Con el tiempo, ese juego se volvió consciente: saber qué no es, qué no la representa, qué códigos no le pertenecen. Minimalismo, acentos rockeros, influencia japonesa, sastrería mezclada con encaje, seda con carácter. Sexy sin ornamento. Femenina sin romanticismo.
Sobre las tendencias, es clara: pueden ser herramientas, pero nunca el centro. Vestirse solo desde ahí borra a la persona. El estilo, en cambio, se construye por repetición. Por acentos que se sostienen en el tiempo. Eso que, sin explicarse, termina diciendo quién sos.
En Min Agostini, esa idea se siente. Las prendas no pertenecen a una temporada ni buscan gritar novedad. Sostienen presencia. Acompañan cuerpos de manera amorosa, sin rigidez, sin corrección. Dejan espacio para que cada mujer se sienta representada en toda su esencia.

Mientras Corine Fonrouge recorre el atelier y contempla los diseños de Min Agostini, habla con POSTAL POSTAL sobre lo que significa la moda para ella. “Es una herramienta de gestión emocional. Una forma de ordenar el estado de ánimo, de leerse, de expresarse. Vestirse no es respuesta al afuera, sino pregunta interna: ¿cómo me quiero sentir hoy?”, sostiene. Este es un rollo de moda lleno de afecto. Y también de audacia. Querer contar a alguien en diez fotos no es para cualquiera. Corine ya está en juego.
La tarde avanza. El rollo se termina. Diez fotos después, no hace falta revisar nada. Como antes, no se ve nada hasta que se revela. La pausa obligada. En el atelier queda flotando una certeza compartida: vestirse no es cumplir un código. Es una forma consciente de estar en el mundo. Y cuando diseño y estilo se encuentran desde ese lugar, algo se alinea. Sin ruido. Sin exceso. Como cuando el cuerpo quiere estar ahí.










