Cumbres Borrascosas: por qué hoy le tenemos pánico al amor intenso. ¿Qué precio pagamos por «esa calma»?

La estabilidad se volvió una promesa de éxito afectivo. Pero ¿qué precio pagamos por esa calma? Esa es la pregunta que me devuelve esta historia. El presente suele necesitar una incomodidad. Con el estreno de una nueva adaptación cinematográfica este 14 de febrero, la película Cumbres Borrascosas viene a ofrecerla.


Por Juana Tempesta para POSTAL POSTAL.

El intenso lenguaje de Emily Brontë, quien escribió su novela en 1847, hace casi dos siglos, parece venir de un lugar que intentamos dejar atrás. Hoy hablamos del amor en términos de responsabilidad, acuerdos y cuidado mutuo. Sin embargo, la novela insiste en otra posibilidad. Allí el amor no funciona como camino de crecimiento personal, sino como una experiencia que desborda la voluntad: algo imprevisible, indócil, a veces devastador. Lejos de toda construcción racional, el amor aparece como un acontecimiento que sucede – como ese rayo del que habla Julio Cortázar -, algo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.

Se sabe que amar supone perder algún tipo de estabilidad, pero nos aterra la posibilidad que el Yo, lejos de afirmarse, se vuelva poroso para fundirse en un otro. No todos atraviesan una experiencia así, ni necesariamente deberían hacerlo. Pero la novela incomoda porque evidencia que sí existen vínculos que no aspiran a ser funcionales. Vínculos que no se dejan explicar desde la lógica del bienestar ni desde la promesa de equilibrio.

“No romanticemos”, escucho decir a mis amigas en un intento sincero de defender el amor propio y la auto-preservación. La advertencia tiene sentido, pero a veces me pregunto si no estamos cayendo en otra forma de narcisismo, una en la que el vínculo sólo es aceptado mientras no altere demasiado la imagen estable que construimos de nosotros mismos. Es como si la modernidad quisiese transformar el amor en algo cada vez más racionalizable y evaluado bajo criterios de “eficiencia emocional”. Quizás el riesgo de nuestro tiempo no sea romantizar demasiado, sino dejar de romantizar por completo.

Hoy el amor parece medirse por su sostenibilidad. Queremos relaciones que no nos hagan perder el centro, que no alteren demasiado la arquitectura de la vida que ya construimos. La estabilidad se volvió una promesa de éxito afectivo. Pero ¿qué precio pagamos por esa calma? Esa es la pregunta que me devuelve esta historia. 

El intenso lenguaje de Emily Brontë, quien escribió su novela en 1847, hace casi dos siglos, parece venir de un lugar que intentamos dejar atrás. Hoy hablamos del amor en términos de responsabilidad, acuerdos y cuidado mutuo. Sin embargo, la novela insiste en otra posibilidad. Allí el amor no funciona como camino de crecimiento personal, sino como una experiencia que desborda la voluntad: algo imprevisible, indócil, a veces devastador.

Mi madre un día me dijo que no intente tener el control sobre las cosas porque de esa manera nunca podré perderlo. Aunque a veces sospeche que sea por cierta temeridad frente a la aleatoreidad de los hechos, sé que no todo puede ser gestionado. Hay experiencias que no encajan en la lógica del bienestar continuo ni en la idea de un vínculo perfectamente administrado.

Si bien Catherine termina eligiendo la seguridad, la comprensión del mundo social, las reglas y lo razonable, sabe que su identidad está ligada a Heathcliff. Su conflicto no es solo romántico, es existencial. ¿Cuántas veces elegimos lo correcto antes que lo verdadero? ¿Cuántas veces priorizamos la calma sobre la intensidad por miedo a quebrarnos?

No me malinterpreten: no intento idealizar el sufrimiento ni negar el valor de los límites. Se trata, más bien, de preguntarnos si en el camino hacia vínculos más sanos dejamos afuera una dimensión del amor que también es profundamente humana: la posibilidad de ser transformados por algo que no podemos dirigir del todo.

Sé que esto sigue teniendo vigencia en el fondo de todos nosotros después de casi dos siglos. La sospecha de que amar no siempre consiste en encontrar estabilidad, sino en aceptar que ciertos encuentros cambian la casa del yo. Y que lo verdaderamente escandaloso no es ese amor intenso, sino la cantidad de estrategias que desarrollamos para evitar que ocurra.

Fotos: destacada gentileza Warner, foto cuerpo de nota: Unspash + (ph Evelyn Verdin).