Coleccionistas / Gustavo Bruzzone y su departamento porteño tapizado de obras hacia donde mires: «el arte le da sentido a la vida».

«Al entrar a su casa, impacta cómo casi no hay espacio sin obra: algunas se roban las miradas que uno había puesto en otras y así sucesivamente, del suelo al techo.» ¿Cómo es la colección (y el hogar) de este juez y divulgador de arte argentino? ¿Cómo nació de una intuición y un taller de pintura y se convirtió en una de las más interesantes y completas? Una charla que va desde su afición por la época del Rojas al arte como la permanente búsqueda del sentido de la vida. El living en el que vivieron importantes artistas y su criterio para comprar.


Por Nicole Giser. Fotos: Azul Zorraquin para POSTAL POSTAL.

Mi trabajo tiene muy buen sueldo, tengo un montón de colegas que a lo largo de estos años compraron propiedades e hicieron distintas cosas. Yo lo único que tengo es esto, mi vida fue esto: invertí afectivamente más que económicamente”, le suelta el juez y coleccionista de arte Gustavo Bruzzone a POSTAL POSTAL hacia el final de una charla en su casa; un tercer piso sobre la Avenida Córdoba, justo a la vuelta del Teatro Colón, por donde cruzan las calles personas vestidas de traje en una tarde calurosa de fines de noviembre.

Bruzzone empezó a trabajar en Tribunales cuando era un joven estudiante de derecho en la Universidad de Buenos Aires. Desde entonces, nunca se fue: pasó por los cargos de secretario, fiscal y juez de una cámara. Ahora es Juez de Casación. Ya trabajaba en el Poder Judicial, también, cuando empezó a coleccionar arte. Oriundo de Quilmes (1958), su padre era comerciante y su madre ama de casa. No había relación con el coleccionismo en su familia, directamente no la había con el arte, sino hasta que en el 94 decidió concurrir por primera vez a un taller de pintura.

“El arte me da la posibilidad de encontrarle un sentido a la vida. Porque la vida no lo tiene y menos a partir de las tareas formales. En cambio, el arte lo busca”, analiza. “Ser coleccionista es algo que nunca tuve como propósito. Esta colección se construyó a partir de la intuición de que había una historia importante por preservar”. 

El arte me da la posibilidad de encontrarle un sentido a la vida. Porque la vida no lo tiene y menos a partir de las tareas formales. En cambio, el arte lo busca”, analiza. “Ser coleccionista es algo que nunca tuve como propósito. Esta colección se construyó a partir de la intuición de que había una historia importante por preservar.

Su colección es una de las más completas y representativas del arte argentino de los años 90; década considerada símbolo del inicio de la autogestión en el arte en el país. En 1999, Bruzzone ganó el Premio Leonardo a Los Nuevos Coleccionistas del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA). Es además divulgador: en 1998 colaboró con el reconocido Roberto Jacoby en la puesta en marcha del Proyecto Bola de Nieve, y en el 2000 fundó junto a él la revista de arte Ramona. Parte de su colección se expuso en distintos museos del mundo. En 2015, seis de sus obras pasaron a formar parte de la Colección Permanente del MNBA. Actualmente también registra a la escena de arte contemporáneo nacional y conversa con sus protagonistas en su cuenta de Instagram, que tiene más de 19 mil seguidores. 

Al entrar a su casa, impacta cómo casi no hay espacio sin obra: algunas se roban las miradas que uno había puesto en otras y así sucesivamente, del suelo al techo. La colgada imita a las del siglo XIX y comienzos del XX, cuando los salones se mandaban a tapizar con piezas. “Siempre traté de que estuvieran todas expuestas, casi no hay obras guardadas”, señala.

El Centro Cultural Rojas en los 90 marcó el impacto más grande para el coleccionismo contemporáneo en Argentina. Por los artistas que mostró, por lo que produjo, quebrando con estéticas impuestas hasta ese momento. Los artistas se convirtieron en todo: dejaron de ser solo artistas, empezaron a ser también curadores, galeristas y críticos. El 89 es un año muy importante en la historia de la humanidad: acontecen a la vez hechos como la caída del Muro de Berlín, la asunción de Carlos Menem, la creación de la Galería del Rojas”, deduce.

Las piezas alcanzan hasta los baños: un gran dibujo de Cristina Schiavi que Nushi Muntaabski tradujo al azulejo, es el paisaje de una ducha. Poemas de De Loof y brillos de Laren sobre el inodoro. En el pasillo, un cuento enmarcado de Fabio Kacero. En el dormitorio principal, un gigante homenaje a la generación del Rojas con pinturas y esculturas experimentales. “Las obras definen momentos de mi vida según cuándo se incorporaron”, exclama mientras abre el balcón y arma un cigarrillo.

Todo su comedor es un homenaje a Belleza y Felicidad, el refugio artístico autogestivo creado por las artistas y poetas Fernanda Laguna y Cecilia Pavón a fines de la mencionada década, que supo abrazar a toda una comunidad cultural precarizada y sin horizonte en plena crisis del 2001. En el centro de esta pared, hay un retrato de Laguna hecho por Sergio De Loof del cual sobresale una divertida inocencia en su mirada. Cuenta Bruzzone, que el montaje cada tanto cambia. Es como si su casa fuera una permanente muestra temporal

“La historia del arte me gusta porque evidencia cómo fue cambiando la percepción que la gente tenía de él: la sociedad creía que el arte era solamente algo de acceso a determinadas personas, a los príncipes, reyes, la nobleza”. 

En el living de este hogar, que hasta antes del nacimiento de su bebé Fermín – dos años y medio atrás -, solía estar siempre lleno de gente, llegaron a vivir aquí incluso artistas como Benito Laren por ocho años, hay lugar para la producción del presente: obras recientes de artistas emergentes como Josefina Allen, Fantasy Dynasty, Manola Aramburu y Mía Miguita Superstar, en diálogo con otras de Guillermo Iuso o Daniel Basso.

Hay una sala de archivo donde guarda todo el registro de lo que adquiere y lo cataloga para dar soporte a la colección. Algo que, cuenta, aprendió a hacer con el tiempo. Ahí además ostenta sus fotos junto a personajes como Jacoby o Patti Cisneros, la más importante coleccionista de arte latinoamericano. Pero además del archivo hay más obras. Como una pistola enjaulada hecha de rodocrosita, el material de los recuerdos regionales, que le compró a la artista tucumana Carlota Beltrame.

Es necesario estar atento a lo que proponen los artistas en cada momento y no mirar para atrás a lo que ya está consagrado: hay que ver lo que está pasando en la trinchera. Coleccionar tiene el valor de preservar lo que está pasando. De contarle el presente al futuro.

Las piezas alcanzan hasta los baños: un gran dibujo de Cristina Schiavi que Nushi Muntaabski tradujo al azulejo, es el paisaje de una ducha. Poemas de De Loof y brillos de Laren sobre el inodoro. En el pasillo, un cuento enmarcado de Fabio Kacero. En el dormitorio principal, un gigante homenaje a la generación del Rojas con pinturas y esculturas experimentales. “Las obras definen momentos de mi vida según cuándo se incorporaron”, exclama mientras abre el balcón y arma un cigarrillo.

Su primera adquisición fue una tinta china de Alberto Greco cuando “el mercado del arte era prácticamente inexistente”, dice. “No había la enorme cantidad de galerías ni de artistas ni de ferias internacionales que hay en este momento”.

“Es necesario estar atento a lo que proponen los artistas en cada momento y no mirar para atrás a lo que ya está consagrado: hay que ver lo que está pasando en la trinchera. Coleccionar tiene el valor de preservar lo que está pasando. De contarle el presente al futuro”.


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