
Por Candelaria Penido para POSTAL POSTAL desde Pinamar.
Arrulla el viento entre las piñas y el rugido del mar suena a lo lejos. Es un mediodía nublado en Pinamar. El cielo amenaza con gotear. Cierro los ojos y siento el salitre filtrándose entre mis ropas. Al abrirlos, me descubro entre pinos, médanos y arte. Recorrer esta ciudad balnearia es moverse en equilibrio: entre el bosque y el mar, entre lo planificado y lo salvaje. El paisaje no funciona como fondo sino como una fuerza que ordena los recorridos y define una manera de estar. Y es en ese gesto – el de caminar, detenerse, mirar -, donde, de pronto, el arte aparece. No avisa. Simplemente está ahí.
Hay obras, más de setenta, entre los campos de golf, al costado de caminos, a la vera de la playa o en la fachada de un hotel. ¿Qué sucede cuando la obra no espera al espectador en un museo, sino que aparece en el recorrido cotidiano? En Pinamar, el territorio se vive como lenguaje capaz de ser intervenido y resignificado; el arte como su forma de activarlo. El encuentro con las piezas obliga a frenar y recalibrar la relación entre espacio, cuerpo y experiencia. Ese cruce con lo inesperado es el punto de partida de Pinamar Contemporáneo, un programa de arte que propone pensar el espacio público como un museo a cielo abierto.
Impulsado por Pinamar S.A. y organizado por temporadas, este proyecto convoca a artistas nacionales e internacionales a realizar intervenciones temporales. No funciona como un circuito cerrado ni como una exhibición tradicional: las piezas se incorporan a los recorridos urbanos – la playa, el bosque, los senderos, los accesos y las periferias – y se integran a un ecosistema más amplio que combina paisaje, urbanismo y vida cotidiana.

Hay obras, más de setenta, entre los campos de golf, al costado de caminos, a la vera de la playa o en la fachada de un hotel. En Pinamar, el territorio se vive como lenguaje capaz de ser intervenido y resignificado; el arte como su forma de activarlo. El encuentro con las piezas obliga a frenar y recalibrar la relación entre espacio, cuerpo y experiencia. Ese cruce con lo inesperado es el punto de partida de Pinamar Contemporáneo, un programa de arte que propone pensar el espacio público como un museo a cielo abierto.
Antes de que las nuevas producciones lleguen, recién lo harán a partir de noviembre de 2026, el paisaje cultural ya existe. Pinamar se camina hoy entre esculturas clásicas y modernas que forman parte de una colección histórica diseminada en el espacio público como continuidad de un gesto fundacional. Desde sus orígenes, el arquitecto y urbanista Jorge Bunge entendió que una ciudad se construye con edificios y calles pero también con ideas, valores y cultura. “El arte es una herramienta poderosa y profunda para transformar la ciudad: le da identidad y genera espacios de reunión”, comentó Nicolás D’Odorico, director de desarrollo de Pinamar S.A.
Una Venus fragmentada de Marta Minujín emerge entre agapantus violetas; las casas nómades de Ximena Ibáñez parecen corretear entre la pinocha a la entrada del barrio Bosques; la monumental instalación de Camilo Guinot, construida únicamente con ramas de poda, se sostiene contra las adversidades del clima y prolonga su presencia más allá de la duración prevista. Ese entramado previo no solo antecede al programa; lo explica. Funciona como declaración de principios: las prácticas artísticas son componente constitutivo del territorio.
“Este programa es continuar lo que se empezó con el Parque de Esculturas de Pinamar”, afirmó Juan Ibarguren, intendente de la ciudad, durante el evento de lanzamiento. Ocurrió entre esculturas en pequeño formato, en el restaurante del Playas Art Hotel. La atmósfera estaba cargada de emoción y expectativa. El silencio atento recién se quebró con las palabras de Andrés Duprat – director de esta primera temporada y actual titular del Museo Nacional de Bellas Artes – en conversación con José Roca, curador invitado desde Colombia. Sentados en una pequeña mesa y rodeados de cámaras que transmitían por streaming, pusieron en palabras el espíritu del proyecto.

Antes de que las nuevas producciones lleguen, recién lo harán a partir de noviembre de 2026, el paisaje cultural ya existe. Pinamar se camina hoy entre esculturas clásicas y modernas que forman parte de una colección histórica diseminada en el espacio público como continuidad de un gesto fundacional. “El arte es una herramienta poderosa y profunda para transformar la ciudad: le da identidad y genera espacios de reunión”, comentó Nicolás D’Odorico, director de desarrollo de Pinamar S.A.
A Duprat le interesa especialmente el vínculo directo que habilita el encuentro espontáneo con la obra. “El arte público las saca de lugares que solemos considerar sagrados, como museos y galerías, y activa nuevas vivencias”, señaló. Le atrae ese gesto ya que da lugar a otro tipo de relación. “Lo interesante de convivir con piezas es que cambian porque uno cambia: una obra de arte contemporáneo puede ser, a veces, más poderosa que un ensayo sobre la contemporaneidad.”
José Roca suma una mirada atravesada por su trabajo en proyectos que articulan creaciones artísticas y territorio. Viene de curar la Bienal de Bogotá, pensada como una invitación a redescubrir la ciudad como experiencia urbana accesible. “Nunca el público es tan público como en un proyecto en el espacio común” expresó. La extrañeza inicial que se da al descubrir los emplazamientos, para él, es parte del proceso artístico: ahí es donde algo empieza a pasar.
Durante la presentación se anunciaron los artistas convocados para esta primera edición: los argentinos Leandro Erlich y Matías Duville – quien representará al país en la próxima Bienal de Venecia -, la mexicana Tania Candiani y la colombiana María Elvira Escallón. El conjunto se completa con la obra ganadora del Premio Pinamar Contemporáneo #2254, realizado en alianza con Fundación arteba y con curaduría de Solana Molina Viamonte. Su próxima convocatoria se abrirá en enero de 2026. “El premio permite leer activamente el territorio y, al mismo tiempo, construir identidad a partir de la producción de artistas nacionales”, explicó.
La noche culminó entre brindis, risas y charlas sobre procesos creativos, tanto desde la gestión cultural como desde la práctica artística.

Durante la presentación se anunciaron los artistas convocados para esta primera edición: los argentinos Leandro Erlich y Matías Duville – quien representará al país en la próxima Bienal de Venecia -, la mexicana Tania Candiani y la colombiana María Elvira Escallón. El conjunto se completa con la obra ganadora del Premio Pinamar Contemporáneo #2254, realizado en alianza con Fundación arteba y con curaduría de Solana Molina Viamonte. Su próxima convocatoria se abrirá en enero de 2026. “El premio permite leer activamente el territorio y, al mismo tiempo, construir identidad a partir de la producción de artistas nacionales”, explicó.
Al día siguiente, lejos de las mesas y las cámaras, la experiencia volvía a tomar forma en el territorio. El Vivero Forestal me recibió con una sonrisa. Entre senderos de tierra y flora autóctona, se emplaza Albor de árbol, de Donjo León, pieza ganadora de la primera edición del Premio. Esta dialoga con el entorno sin mimetizarse del todo; activa una relación directa con el paisaje y la escala del lugar.
Una estructura de madera adopta la forma de un hongo gigante. En su interior, una escena que remite a una morgue: yace el cuerpo de un árbol. Un tronco se descompone bajo condiciones precisas de humedad, temperatura y luz. “Es una suerte de relicario que homenajea al pino – dice Solana -, nos expone a una naturaleza que ya no está viva. Y además… ¿Qué es más Pinamar que un pino?”
La instalación invita a detener el devenir cotidiano, y a apreciar aquello – la muerte y descomposición -, que en el día a día del bosque suele pasar desapercibido y que muchas veces el hombre elige maquillar. Albor de árbol funciona como un antecedente tangible de lo que Pinamar Contemporáneo proyecta: una forma de habitar el espacio público desde adentro.
Antes de volver, el mar. Desde Mama Beach, los cisnes de Cortejo, de Marco Otero recortan la arena como una escena levemente fuera de escala. Vida cotidiana y obra conviven sin jerarquías. Me dejan la certeza de que cuando el arte se integra al paisaje, modifica la manera de estar ahí. Tal vez Pinamar Contemporáneo empiece exactamente en ese punto impreciso, donde la experiencia sucede antes que el discurso.
En un contexto donde el espacio público suele pensarse desde la lógica del consumo o la espectacularidad, el programa propone algo más silencioso y, quizá por eso, más radical: una ciudad que se piensa a sí misma a través del arte. Entre pinos, médanos y obras, Pinamar se deja recorrer de otro modo. Y en ese desplazamiento —mínimo, casi imperceptible—, algo cambia.




Fotos: gentileza Pinamar Sociedad Anónima, correspondientes al libro «Pinamar, Arte y Naturaleza».






