Agotados y con culpa: por qué nos convertimos en nuestros peores jefes. Byung Chul Han contra la sociedad del rendimiento.

«Lo que antes aparecía como un poder negativo que nos obligaba a cumplir, ahora es un enfático y siempre positivo: ¡vos podés! Ya no es nuestro jefe, somos nosotros mismos. Entonces: ¿cómo no vamos a sentir angustia por no estar haciendo lo suficiente?». En esta nueva entrega de Filosofía y Creencias de POSTAL POSTAL, ponemos la mira en la obsesión de nuestra época: rendir, rendir, y rendir. ¿Qué piensa el filósofo sur coreano que más critica esta auto exigencia infinita? ¿Qué tiene que ver esto con las vacaciones? ¿Por qué hay que liberarse de nuestra mejor versión?


¿Qué es un espacio? La verdad es que, hacía demasiado tiempo no pensaba seriamente en esta pregunta. Al menos hasta hace unos días. Fui hace poco a una charla de la cineasta Lucrecia Martel en la que, la directora de La ciénaga, interpelaba al público con la siguiente idea: la clave para hacer cine no es ni la eficiencia técnica ni la creatividad despampanante, sino algo mucho más simple, “callejear”. Su concepto de “callejeo” estaba ligado a la importancia de ser conscientes del espacio que se habita, sobre todo en estos tiempos en los que la pospandemia nos confinó a espacialidades cada vez más reducidas con el home office y la dependencia de las pantallas. Hoy podemos resolver más de la mitad de nuestra vida desde un smartphone. Por algún motivo estas ideas me quedaron resonando y ahora creo saber por qué.

La idea de Martel sobre el espacio dialoga muy bien con las observaciones del filósofo Byung Chul-Han sobre nuestras sociedades del rendimiento contemporáneas. Han es un filósofo sur coreano, formado en Alemania en la Universidad de Friburgo y pensador imprescindible de nuestra época. Ténganme paciencia, lectores de Postal Postal, porque juntarlo con Martel requiere explicación. Han define a las sociedades del rendimiento como aquellas en las que se ha desplazado el poder de la idea negativa del deber hacia la idea mucho más positiva del rendir. Para entender qué quiere decir esto hay dos aspectos fundamentales: nuestra relación con el espacio y la positividad compulsiva de nuestro tiempo.

Estamos agotados, pero aun así sentimos que no estamos haciendo lo suficiente, como si pudiéramos hacer más de lo que nos da la fuerza, mental y física. Spoiler: no se puede hacer más de lo que nos dan las fuerzas mentales y físicas. Dice Han en La sociedad del cansancio: “La sociedad del rendimiento se desprende progresivamente de la negatividad”. En otras palabras, lo que antes aparecía como un poder negativo que nos obligaba a cumplir, ahora es un enfático y siempre positivo: ¡vos podés! Ya no es nuestro jefe, somos nosotros mismos. Entonces: ¿cómo no vamos a sentir angustia por no estar haciendo lo suficiente?

En la época de nuestros padres (o quizás para algunos de sus abuelos) el espacio era ocupado de otra manera. La vida estaba hecha de lo que hacían día a día con ella: el trabajo, el estudio, las responsabilidades familiares, el ocio y un largo etcétera. Cuando hacemos algo -sea lo que sea- lo hacemos en un espaciotiempo determinado y presente. El hacer siempre está signado por la presencia. Me explico mejor, no se puede hacer en el futuro o en el pasado. Se puede pensar el futuro o se puede recordar el pasado, pero el hacer como tal siempre es un acto del presente situado. ¿Quiere decir esto que nuestros padres estaban más presentes y más atentos que nosotros?

Seguramente, sobre todo porque no estaban sobreestimulados como nuestros pobres cerebros contemporáneos con las infinitas posibilidades que tenemos hoy a mano. Su relación con el espacio era diferente, caminaban más, se movían más de lugar, en este sentido tenían más presencia en él; no vivían – como nosotros – en cinco lugares a la vez a través de una pantalla.

Pero el verdadero drama del mundo que habitaba Viviana, mi mamá, era el siguiente: en los años 70 y 80 los jóvenes estaban inmersos en un discurso de libertad, pero educados aun con normas y mandatos muy rígidos. Si pienso en los pensamientos intrusivos de mis padres, creo que hubiesen sonado algo así: -Sé libre. Elegí la carrera que te guste. Divorciate de ese inútil. El amor es mucho más que eso. ¡Ah! Pero no rompas nada. Una madre no hace esas cosas. Ojo en hacer un drama de esto. Ahora bancatela… ¡Pobres!, la verdad es que parece difícil ser libre sin romper nada de nada. Se les prometían trabajos exitosos, libertades sexuales, carreras estables, pero la sociedad aún estaba inmersa en prejuicios que poco tenían que ver con eso.

Las sociedades de hace unas décadas atrás, siguiendo a Byung Chul-Han, eran sociedades disciplinarias en las que aún estaba más claro que un deber externo mandataba nuestra acción. Un jefe insoportable, un padre exigente, un profesor amenzante… Ese deber se podía percibir como negativo y por eso apesadumbraba a las generaciones anteriores que tenían, en todo caso si quisieran, contra quienes revelarse o a quien identificar como blanco de sus críticas.

Nuestro drama contemporáneo, en cambio, está marcado por la necesidad de rendir siempre y en todo momento: dentro y fuera del trabajo (porque en definitiva siempre estamos trabajando), con nuestras parejas, con nuestros hábitos. La diferencia de las sociedades del rendimiento actuales con las de nuestros padres, estriba en que, ya no parece tan claro que el poder – me refiero a esa fuerza disciplinante que ordena nuestra actividad- suceda en el mundo exterior. Somos nosotros mismos los que nos autoexigimos sin necesidad de que nos opriman ignominiosamente desde fuera. Pero, y lo más interesante, es que ejercemos ese autocontrol desde una narrativa adornada de frases positivas y de empoderamiento. En realidad, no es que el deber exterior haya desaparecido, obvio; más bien se duplicó: ahora vamos acompañados del policía malo y el policía bueno, sólo que su naturaleza sigue siendo la misma.

Y sino piensen ¿cuántas veces por semana se sienten en partes iguales agotados pero culpables de no estar haciendo lo suficiente? ¿Aburridos, pero absolutamente sobreestimulados? ¿Cómo es esta dimensión paralela posible? Estamos agotados, pero aun así sentimos que no estamos haciendo lo suficiente, como si pudiéramos hacer más de lo que nos da la fuerza, mental y física. Spoiler: no se puede hacer más de lo que nos dan las fuerzas mentales y físicas. Dice Han en La sociedad del cansancio: “La sociedad del rendimiento se desprende progresivamente de la negatividad”. En otras palabras, lo que antes aparecía como un poder negativo que nos obligaba a cumplir, ahora es un enfático y siempre positivo: ¡vos podés! Ya no es nuestro jefe, somos nosotros mismos. Entonces: ¿cómo no vamos a sentir angustia por no estar haciendo lo suficiente?

¿No se supone que debemos desear hacerlo todo, exprimir al máximo nuestras vidas? ¿No se supone que con las infinitas posibilidades que tenemos a nuestro alcance tenemos que lograr hacer de nuestra vida nuestro mejor proyecto? Y si a esto le sumamos la reducción de nuestros espacios, como decíamos al principio, el panorama parece digno de una tragedia griega. ¡Encerrados, pero ilimitadamente posibles! Me rio mientras escribo… ni Esquilo, el antiguo dramaturgo, se animó a tanto.

«Pensando con Byung Chul Han, se me ocurren un par de posibles pistas. En primer lugar, su pedagogía del mirar. Dice el filósofo surcoreano que necesitamos ir más lento. Volver a mirar, volver a contemplar, lo cual requiere una velocidad pausada y mayor atención. Pero tranqui, la pedagogía del mirar no significa que tenés que obligarte a estar atento y presente, eso no sería precisamente salir del mood de la autoexigencia. Como su nombre lo indica, se trata de reeducar nuestra atención…»

Bueno, no les voy a mentir, a diferencia de las soluciones fáciles y rápidas que estamos acostumbrados a ver por doquier en las redes sociales, esto no tiene la solución de un click. Pero, pensando con Byung Chul Han, se me ocurren un par de posibles pistas. En primer lugar, su pedagogía del mirar. Dice el filósofo surcoreano que necesitamos ir más lento. Volver a mirar, volver a contemplar, lo cual requiere una velocidad pausada y mayor atención. Pero tranqui, la pedagogía del mirar no significa que tenés que obligarte a estar atento y presente, eso no sería precisamente salir del mood de la autoexigencia. Como su nombre lo indica, se trata de reeducar nuestra atención. Y acá es donde el señor callejeo hace nuevamente su entrada.

La idea de callejear también apunta a reeducar la atención al ampliar nuestro espacio habitado. El callejeo no se refiere literalmente a andar en la calle sin rumbo todo el día, (aunque si te gusta esto, ¡bienvenido sea, amigo o amiga!). Es más bien un símbolo de habitar lugares que salgan de las pantallas y los departamentos; espacios físicos, compartidos con otros, en los cuales nos encontremos con situaciones distintas. El espacio que caminamos, contemplamos, co-habitamos, modifica de manera notable nuestra percepción sobre las cosas. De hecho, es uno de los principales motivos por los cuales volvemos tan renovados de las vacaciones. Dopamina real no sólo rápida.

En segundo lugar, rebelarnos contra nuestra mejor versión. ¡Si! ¡Con la tan mentada mejor versión de nosotros mismos! También podemos ser una versión imperfecta e incompleta. De hecho, no hay más que versiones imperfectas e incompletas de seres humanos. No sé si esto es algo que nos hace más fascinantes, no quiero (una vez mas) vender este manojo de contradicciones que somos como el remedio espiritual del aceptate como sos. Sólo nos hace más reales, lo cual ya es un montón.

Fotos: Byung Chul Han y Unsplash + (ph Laura Chouette)

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