En 2019 se estrenó la película Lucy in the sky, protagonizada por Natalie Portman. La trama está basada en la vida de un grupo de astronautas y sus diferentes misiones espaciales comandadas por la NASA. Como pasaron algunos años desde que la ví hasta hoy no tengo del todo presentes las escenas del espacio que proporciona la película. Por el contrario, recuerdo nítidamente los conflictos emocionales que los personajes tienen que atravesar una vez que vuelven a la Tierra. Supongo que no es casual porque, aunque el contexto narrativo es el espacio exterior, en el fondo la película trata sobre otra cosa: ¿Qué hacemos una vez que nos hemos encontrado cara a cara con lo sublime? ¿Cómo seguimos afrontando los problemas cotidianos después de haber experimentado lo inconmensurable? Porque desde luego, nada hay más inconmensurable que ver la Tierra desde el espacio.
La misión Artemis II tuvo su lanzamiento el 1 de abril de 2026. Fue el primer viaje tripulado a la luna desde 1972 y los cuatro astronautas que viajaron en su interior establecieron el record de distancia de la Tierra durante su sobrevuelo lunar. Describieron la experiencia como “otherworldly” (de otro mundo) y no es para menos. La sensación de estar en presencia de algo tan espectacular debe sentirse inefable.
Somos seres de lenguaje: organizamos lo que vemos, sentimos, experimentamos a través de él. Cuando perdemos o suspendemos esa herramienta es como si se desorganizara nuestra forma de entender lo que nosotros mismos somos. Lo inenarrable no es tanto la descripción de la Tierra vista desde más de trescientos mil kilómetros de distancia, sino quiénes somos nosotros, y más especialmente cómo comunicamos lo que hemos visto. Esta era la pregunta de Platón en su célebre alegoría de la caverna, en la cual el prisionero logra escapar de las cadenas y se dirige al espacio exterior. Allí lo que ve es tan abrumador que el personaje queda en estado de shock. La decisión que tiene que tomar es crucial: ¿se queda por siempre en aquel mundo perfecto, envuelto en la fascinación de la verdad, o vuelve a la oscuridad de la caverna e intenta comunicar al resto de los mortales lo que vio? Se determina por la segunda opción, aunque sabe que esa tarea nunca será del todo posible. La comunicación tiene un límite.
Casualmente Artemis II fue enviada al espacio con fines exploratorios para futuros asentamientos humanos en la Luna, lo cual no puede representar de manera más concreta y palpable esa pregunta por cuáles son los límites de lo humano.

Lo inenarrable no es tanto la descripción de la Tierra vista desde más de trescientos mil kilómetros de distancia, sino quienes somos nosotros, y más especialmente cómo comunicamos lo que hemos visto. Esta era la pregunta de Platón en su célebre alegoría de la caverna, en la cual el prisionero logra escapar de las cadenas y se dirige al espacio exterior. Allí lo que ve es tan abrumador que el personaje queda en estado de shock. La decisión que tiene que tomar es crucial: ¿se queda por siempre en aquel mundo perfecto, envuelto en la fascinación de la verdad, o vuelve a la oscuridad de la caverna e intenta comunicar al resto de los mortales lo que vio?
No sé si lo notaron, pero nuestro tiempo, para bien o para mal, es el de cambios importantes de paradigmas. A nivel ontológico, la pregunta por qué es lo real ahora debe incluir lo virtual, las IA y la hibridez entre lo palpable y lo digital. A nivel político el poder pasa de los Estados e instituciones a grandes corporaciones tecnológicas y a los datos como su activo principal. A nivel antropológico la pegunta por lo humano escribe un nuevo capítulo con estas misiones al espacio. Se traduce precisamente en que podemos salir de nuestro planeta, podemos explorar e incluso habitar el cosmos de forma permanente. Podríamos cumplir la extraña fantasía de ser humanos extraterrestres.
Esta fascinación por el espacio puede estar emparentada con algo que decía Mark Fisher en Lo raro y lo espeluznante: lo raro es aquello que nos permite abrir un portal entre este mundo y otros posibles mundos. En este caso no mundos necesariamente fantasiosos, pero sí fascinantes. La fascinación puede cambiarnos por completo cuando es trascendental como muestran los protagonistas de Lucy in the sky o como describen los tripulantes de Artemis II cuando hablan de experiencia de otro mundo: “Ni siquiera he empezado a asimilar lo que hemos vivido” dijo Victor Glover, uno de los astronautas. Una fascinación que incluso podríamos pensar en términos psicoanalíticos como cercano al goce y al dolor (jouissance), algo que nos abruma por su incapacidad para ser descripto. Esa experiencia no puede clasificarse en términos libidinales simplemente como positiva o negativa, es incontenible. “De hecho ahora mismo tengo escalofríos sólo de pensarlo, me sudan las manos” dijo Wiseman uno de los estadounidenses que fue parte de la misión, en conferencia de prensa refiriéndose a la experiencia.

Esta fascinación por el espacio puede estar emparentada con algo que decía Mark Fisher en Lo raro y lo espeluznante: lo raro es aquello que nos permite abrir un portal entre este mundo y otros posibles mundos. En este caso no mundos necesariamente fantasiosos, pero sí fascinantes. La fascinación puede cambiarnos por completo cuando es trascendental como muestran los protagonistas de Lucy in the sky o como describen los tripulantes de Artemis II cuando hablan de experiencia de otro mundo: “Ni siquiera he empezado a asimilar lo que hemos vivido”.
Immanuel Kant, que estaba muy interesado en establecer los límites del conocimiento humano a través de categorías del entendimientos y formas puras de la sensibilidad (espacio y tiempo), estableció que más allá del límite de lo que podemos entender está la cosa en sí o noúmeno. Es aquello a lo cual nunca jamás podremos conocer y sólo debemos contentarnos con imaginarlo. Sin embargo, los límites de lo que podemos conocer están trenzados con aquello que podemos ser, y esos límites, desde Kant hasta hoy no han cesado de transgredirse. En el fondo creo que es la transgresión de esos límites lo que nos empuja permanentemente a maravillarnos, a quedarnos sin lenguaje para expresarlo. Es como si, para enriquecer nuestra experiencia humana, tuviéramos que perder algo de lo humano en el camino. O para decirlo en términos más literarios, abrir un portal hacia otro mundo, el mundo extra-terrestre.
/ Foto principal: es gentileza para prensa de NASA y es auténtica de la misión Artemis II.






