Doce huéspedes, una navegación de cuarenta minutos para llegar, un lodge de lujo en el lago más remoto de la Patagonia, más que un alojamiento, un retiro, un refugio consagrado a los silencios y el diálogo.
Por Leandro Vesco para POSTAL POSTAL desde el Lago La Plata, en la cordillera de Chubut.
La belleza es tirana en el lodge Bahía Arenal, no deja opción para segundas impresiones, es el epitome de la maravilla, es una oda al recogimiento, una consagración al retiro. Se recuesta sobre un acantilado boscoso en la margen sur en una península casi inaccesible del lago La Plata, en la cordillera de Chubut. “Es el más remoto de la Patagonia”, le dice a POSTAL POSTAL Enrique Verde, dueño de este lodge apartado. La señal es poética y ostenta el titulo con galanura: sólo se puede llegar por agua, luego de una navegación de 40 minutos sobre aguas de profunda cristalinidad. La presencia humana es un imaginario, el sentido exploratorio de esta aventura es iniciático.
¿Con cuantas estrellas clasificar un solar donde podemos ver por las noches todas las estrellas y mundos aún por descubrir? ¿Cómo alistar o clasificar un hospedaje donde la luna nace detrás de montañas con nieves eternas? ¿Con qué adjetivos decorar esa luna roja, ese sol luego ceniciento? Bahía Arenal es un alojamiento de lujo en términos formales donde sólo entran doce huéspedes que se aíslan en forma voluntaria, pero es más justo llamarlo retiro, un refugio consagrado a los silencios y en diálogo directo con el bosque y el corazón sosegado de una Patagonia aún virgen e inexplorada.
El sueño a la emancipación del mundo moderno comienza despidiendo a la icónica y legendaria ruta 40 al sur de Chubut, en este tramo solitaria y salpicada de viejas estaciones abandonadas y puestos que el mito rutero adjudica habitado por presencias de fantasmas olvidados. Nada más melancólico que un ánima olvidada. La única población que acude en el mapa es Alto Río Senguer, allí se ve un boulevard, una estación de servicio y el viejo hotel Bety Jay, con un jardín de coloridos lupinos. Nada queda cerca, excepto todo aquello que está por descubrirse. La tierra virgen.

«Estamos en el lago más remoto de la Patagonia», le dice a POSTAL POSTAL Enrique Verde, dueño de este lodge apartado. La señal es poética: sólo se puede llegar por agua, luego de una navegación de 40 minutos sobre aguas de profunda cristalinidad. La presencia humana es un imaginario, el sentido exploratorio de esta aventura es iniciático. Bahía Arenal es un alojamiento de lujo en términos formales donde sólo entran doce huéspedes que se aíslan en forma voluntaria, pero es más justo llamarlo retiro, un refugio consagrado a los silencios y en diálogo directo con el bosque y el corazón sosegado de una Patagonia aún virgen e inexplorada.
Desde Alto Río Senguer nace un camino de ripio donde la soledad es extrema, y no abruma, es necesaria para entender esta situación que sólo un artista plástico puede asimilar: estar transitando dentro de una composición pictórica. El crepitar de las cubiertas rodando en las piedras, los guanacos y los choiques cruzando la huella, ovejas, mariposas y retamas, lupinos y botones de oro, todo florece y como telón: la majestuosa cordillera de los Andes. En momentos así los ojos tienen un comportamiento raro: dejan de parpadear, a veces se balbucean algunas palabras, pero conforme el camino penetra por esta cartografía deshabitada el encanto envuelve nuestros sentidos.
Lo que primero vemos es el lago Fontana, de un azul marino pasmoso. Cuando parece que la sorpresa no puede elevarse más, unido por el caprichoso río Unión, fresco y transparente cordón umbilical en donde nadan juguetonas truchas, un horizonte obnubila la mirada: la galanía del Lago La Plata. El final es un acto triunfal de la mejor obra: un túnel de lengas es la corte natural que deja boquiabierto al viajero. La luz cenicienta del lago La Plata tiene vida propia. Es un artilugio, un fuego coral, un tesoro de plata liquida. Todos los viajes que hicimos con anterioridad quedan reducidos a anécdotas secundarias. La familia Verde da la bienvenida, están aquí desde 2011, antes de llegar a Bahía Arenal, el camino conduce al coqueto “Huente Co”, un lodge que presagia el paraíso. Amplias cabañas de madera, nacidas en libros de cuentos de hadas ofician de alojamiento. Un detalle curioso: un barco en lo alto de una barda, es una pequeña biblioteca y salón de estar.
En el embarcadero de “Huente Co” comienza la aventura final. En una embarcación de última generación que el propio Enrique Verde conduce. La nave quiebra la quietud del lago produciendo discretas olas que lo dividen, en un secreto lenguaje estético. En un momento, la visión la destaca: Bahia Arenal, con su muelle, sus ventanales y una construcción de delicada madera blanca, última morada rodeada de ñires, lengas y aromáticos rododendros.
“A todos les cuesta creer que sea real”, dice Mariana Verde. La gran cabaña tiene 240 metros cuadrados, espacio para doce huéspedes. Cada habitación, con vista privilegiada al lago y la montaña. Los lujos son de profunda humanidad: caminar por el bosque, llegar hasta un quincho que está a mil metros, cruzar un puente de duendes y ver un río con agua cristalina, lagrimas dulces del deshielo, beber una copa de espumante delante de un libro. “No hay pueblos, está todo deshabitado”, señala Andrés Verde, hermano de Mariana.
La gastronomía es medular. Cordero, truchas, pastas y frutas. Los vinos, elevados medios para hacer más completa la fantasía. Las actividades tienen rango de aventuras inolvidables. Caminar durante una semana alrededor del lago, ir a almorzar al lago La Plata Chico, a sólo 1000 metros de la frontera con Chile y a 45 kilómetros del océano Pacífico. El sueño en Bahía Arenal es sentir que se vive sobre una fortuna insular. Días soleados, noches frescas, estrellas fugaces, fuego en el hogar. Charlas intimas, la dulce victoria de estar fuera del radar de la modernidad entre ostentaciones cuidadas y felicidades compartidas.



Fotos: son todas gentileza del lodge Bahía Arenal.






