«Hay universos que parecen completamente antagónicos como el de la liturgia religiosa y el de las tecnologías digitales y algorítmicas contemporáneas. Pero en los últimos meses el fenómeno de LUX, el último álbum de Rosalía, pareció susurrarnos algo que se nos olvida por completo en el trajín de la vida cotidiana, y es que ambos dispositivos, la religión y las tecnologías digitales, son ni más ni menos que creaciones humanas.
Para quienes aún no hayan tenido el privilegio de escuchar semejante álbum, les cuento que LUX, según palabras de la propia Rosalía, está inspirado en la mística femenina, evocando en cada verso a santas y religiosas de diversas culturas, aunque con especial énfasis en la religión cristiana. Así que con motivo de mi nueva fascinación de «girl» voy a aprovechar para hablarles de las curiosas transformaciones de lo religioso en el mundo contemporáneo, o lo que algunos teóricos han llamado posreligión.
En una época cargada de simbolismos como la Navidad – inminente en los días en los que escribo esta nota -, incluso en su versión más secularizada, lo sagrado siempre está trenzado con nuestros rituales
Tendemos a imaginar la religión como los vestigios de una civilización pretérita, algo demodé cuyos obstinados guardianes – clérigos, monjas, pastores, etc.- se asemejan a la imagen difusa del sol en el ocaso. La religión evoca cuando no, verticalidad institucional y rigidez doctrinaria. Pero… ¿Y si les dijera que en la actualidad hay filósofos que entienden a la religión en un sentido opuesto: como la red subterránea que liga a toda una cultura más que como aquella estructura monolítica?
En un momento en el que monotemáticamente hablamos de likes, algoritmos, criptos, ella nos propone hablar de algo tan antiguo como Dios y lo sagrado. Es un experimento que fusiona estética digital con estética cristiana, fe religiosa sin acartonamiento, música clásica con techno, obra de arte con sacramento. Un uso de las imágenes religiosas para conectarnos con ese algo inherente a la condición humana: la voluntad de trascendencia, la confianza en que hay algo más…
Este es el caso de Marck Taylor, un filósofo norteamericano, estudioso de lo religioso. Dice Taylor en su libro After god: “la religión es una red emergente, compleja y adaptativa, de símbolos, mitos y rituales que, por un lado, configuran los esquemas del sentir, pensar y actuar de tal manera que otorga a la vida sentido de propósito por otro lado, interrumpe, disloca y desconfigura toda estructura estabilizadora”.
¿Notan algo peculiar en su definición de la religión? ¡Díganme que lo ven!… ¡Exacto! En ningún momento, un eminente conocedor de las religiones como Taylor, menciona a Dios. Pero, ¿no es acaso Dios la razón de ser de las religiones? ¿No es por y para Dios que éstas se han creado? Bueno, al parecer no es tan simple.

La verdad es que lo religioso ha sufrido muchos cambios a lo largo de los siglos, pero pocos han sido tan drásticos como aquel que se configuró en el siglo XIX categóricamente expresado en idea del filósofo Nietzsche cuando pronunció la frase “Dios ha muerto”. Desde aquel entonces nuestra espiritualidad se convirtió en una íntima búsqueda de experiencias místicas que pueden prescindir de la omnipotente figura del Dios de las religiones monoteístas, como también de las instituciones formales. Hay acá una primera posta para comprender nuestra posreligión, es decir la forma peculiar en la que construimos nuestra espiritualidad o nuestra fe religiosa hoy día.
Para entender nuestra diversidad religiosa, piensen en la cantidad de expresiones espirituales que nos rodean todos los días: desde la astrología, las prácticas de meditación, comunidades espirituales que viven en relativo aislamiento, transhumanistas, religiones del libro. La lista es infinita.
En el siglo XX estos cambios en el fenómeno religioso se hicieron mucho más palpables. La necesidad de experimentar nuevas formas de religiosidad sin estructuras ni dogmas, las vanguardias artísticas, los avances tecnológicos, crearon un combo especial para esa experimentación. Para Taylor fue esta bisagra entre los siglos XIX y XX en la que muchos profetas, teólogos y religiosos desplazaron sus esfuerzos espirituales de la religión hacia el arte por esta misma necesidad de creación y exploración personal.
La fusión entre religión, tecnología y arte ha creado engendros fascinantes de los que lamentablemente no me darían estos parrafos en POSTAL POSTAL para profundizar. Pero algo que es crucial para observar nuestra posreligiosidad es lo siguiente: las religiones se valen de las imágenes y símbolos, y hoy en día tan saturados de imágenes como estamos parece difícil distinguir lo real de la imagen. Una cosa era el uso de la imagen cuando Kasimir Malevich, gran artista y vanguardista ruso de principios de siglo XX, pintaba su famosa obra Cuadrado negro sobre fondo blanco (recomiendo fervientemente tomarse un minuto para googlear esta obra) como símbolo de la nueva era del espíritu humano y otra cosa muy distinta es el uso de la imagen hoy, cuando ésta se ha vuelto más real que la realidad misma gracias a las nuevas tecnologías digitales.
Seamos sinceros: nuestro mundo de hoy parece más caótico que ordenado, más inestable que estructurado y más incierto que seguro. Las últimas generaciones de seres humanos nos hemos sobreadaptado a la fluidez y la inestabilidad constante: trabajos efímeros, vínculos que rara vez superan la categoría de “casi algo”, redes sociales que se sienten cada vez menos genuinas, pensadas para durar poco e ideadas más para vender que para provocar algo. Por ende, no es raro pensar que, en este caos de repetición e inestabilidad, la imaginación religiosa y la creatividad simbólica, tengan que rebuscárselas para seguir persiguiendo su infinito e insaciable cometido: crear.
Las últimas generaciones de seres humanos nos hemos sobreadaptado a la fluidez y la inestabilidad constante: trabajos efímeros, vínculos que rara vez superan la categoría de “casi algo”, redes sociales que se sienten cada vez menos genuinas…Por ende, no es raro pensar que, en este caos de repetición e inestabilidad, la imaginación religiosa y la creatividad simbólica, tengan que rebuscárselas para seguir persiguiendo su infinito e insaciable cometido…
Reconectar o re-ligar (etimología de la palabra religión) al ser humano con el placer de inventar mundos. Dice Taylor que el sentido de lo religioso no reside tanto en el resultado que produce – las instituciones religiosas como tal y sus símbolos específicos -, como en la propia energía vital que se activa en esas relaciones. Una energía vital similar a la de un artista que precisa crear independientemente de si su obra es “vendible” o no.
Quizás el disco de Rosalía impacta tanto porque nos genera la sensación de que alguien está buscando, luego de tanto agotamiento digital, crear algo genuino con las mismas herramientas de su época. El disco de Rosalía parece una flecha que apunta contra el escepticismo de esta época, un dardo que confía en que allá afuera hay algo más, algo real, que no se agota en la imagen proyectada, que no confunde realidad con imagen.
En un momento en el que monotemáticamente hablamos de likes, algoritmos, criptos, ella nos propone hablar de algo tan antiguo como Dios y lo sagrado. Es un experimento que fusiona estética digital con estética cristiana, fe religiosa sin acartonamiento, música clásica con techno, obra de arte con sacramento. Un uso de las imágenes religiosas para conectarnos con ese algo inherente a la condición humana: la voluntad de trascendencia, la confianza en que hay algo más.»
Foto principal: último Album de Rosalía «Lux» – foto de cuerpo de nota Unsplash 6(ph Jacob Bentzing).






